Contemplo su rostro
mientras parece descansar. Las lágrimas aún permanecen en sus mejillas pues
llora en sueños y es mi corazón el que se rompe sabiendo que no puedo calmarle.
Alzo mi mano hasta
uno de sus pómulos y corto el recorrido de aquellas gotas saladas reflejo de su
amargura y tristeza. Suspiro al sentir como su piel reacciona ante aquel leve
roce. Aún dormida su tez sabe que debe rechazarme.
Sus labios se
entreabren y me quedo perdido en la belleza de aquella Venus que yace sobre su
cama con un simple albornoz cubriendo su delicado cuerpo. Es una maravilla. Es
la mujer perfecta y en mi mente quedarán grabadas todas las pecas que su
aterciopelada piel posee.
Bajo mi mirada por
todo su cuerpo mientras tirita de una manera tan sutil que parece que lo estoy
soñando. Me centro en aquellas piernas de en sueño que comienzan a erizarse por
el frío que comienza a tener su dueña. Apoyo mi mano abierta sobre ella y un
gemido se escapa de mi garganta. Tiene una electricidad única aquella tela
sedosa que tiene como piel. Mis dedos no pueden evitar abrirse sobre su gemelo
disfrutando de las descargas que recorren cada célula de mi cuerpo. Ella parece
relajarse y aquello me invita a seguir entregándole ese amor que llevo tanto
tiempo ocultando.
Me inclino sobre su
cuerpo y es entonces cuando viene a mi mente la imagen de un acosador sin
escrúpulos abusando de su víctima mientras duerme.
Me separo con la
respiración agitada y tapo mis oídos mientras me recrimino a mi mismo lo que
estoy haciendo. Deseo tocarla con todas mis fuerzas. Quiero descubrir cada
milímetro de ella hasta sabérmelo de memoria pero ella permanece inconsciente
en ese mundo al que no puedo llegar, esa realidad que la ha hecho llorar
durante horas.
Observo su
expresión a través de mi largo flequillo que vuelve a cubrirme los ojos casi
por completo. Mis gafas no ayudan a que me percate de ello puesto que descansan
sobre las aletas de mi nariz.
Elle parece dormir
plácidamente aunque no puedo confiar en que sus pensamientos la estén dejando
tranquila durante esos momentos de supuesta serenidad. Al fin y al cabo las
pesadillas existen.
Desvío mi mirada de
la muñequita que respira rítmicamente para llevarla a la ventana de aquella
blanca habitación.
Tamborileo con mis
dedos sobre mis sienes y después me mezo de delante atrás. ¿Qué haré cuando
llegue a casa? No puedo quedarme con ella a pesar de desearlo con todas mis
fuerzas. No creo tampoco que a ella le agradase tenerme siempre a su lado pues
para ser exactos ni tan siquiera comprendo como se agarró al clavo oxidado que
se encontró tras lo sucedido con Clive. Podría haber corrido a los brazos de
cualquiera de sus amigas y así se hubiese sentido mucho más segura, comprendida
y cuidada.
Muerdo mi labio
inferior y muevo mis manos hasta que consigo dejar de carraspear ligeramente
con la garganta ahogando los grititos agudos que siempre se escapan cuando
estoy más nervioso, tan nervioso como estoy ahora.
Me acerco de nuevo
a Elle pensando si irme o quedarme junto a ella hasta que se despierte. Las
posibilidades de su reacción son infinitas pero algunas de ellas extremadamente
dolorosas para mí. Si tuviese que ver en su mirada el rechazo, el odio, el asco
comprendería al fin que la mirada de bondad no existe nada más que en los
sueños que te permites vivir demasiado tiempo.
No tardó mucho
tiempo en abrir de nuevo los ojos y fijar su mirada en mí. No se movió. Durante
unos minutos parecía una escultura cincelada por el mismísimo Miguel Ángel.
Inhala y exhala.
Vuelve a inhalar y es en ese momento en el que se revuelve. Levanta su mano y
la deja sobre sus párpados.
- Pensé que te
habrías ido de aquí ya –murmura.
Niego como
respuesta y ella sonríe pero la sonrisa no le llega a los ojos. Su semblante se
torna serio de nuevo y vuelve su mirada hacia mí. Permanece callada, imagino
que pensativa, durante unos momentos.
- No puedo más,
Daniel –susurra.
No la comprendo.
Ella suspira de una manera que hace que mi corazón se encoja del dolor. Tiene
una manera de ser que consigue que me estremezca por cada sentimiento expresado
por ella.
- No sé como
convivir con esto –murmura- Estoy realmente asustada.
Tapa su rostro con
sus manos y niega mientras sé que debe estar llorando. Me tumbo a su lado y
tomo sus manos lentamente entre las mías. Ella no me mira. Mantiene sus
párpados cerrados no dejando que esos ojos azules aunque sean tristes, iluminen
mi vida.
- ¿Q-q-qué t-t-te
p-pa-pa-s-sa, E-e-ll-lle-e? –pregunto preocupado.
Abre sus ojos de
nuevo. Me mira y se acerca acurrucándose en mi pecho pero no dice ni una sola
palabra más. No sé porqué. Puede que le cueste hablar de aquello que está
viviendo. No comprendo lo que la pasa pero sé que no debe ser agradable si la
mantiene llorando durante horas y consigue que se asuste.
De buenas a
primeras cambias de la sonrisa al llanto, su cuerpo tirita, sus manos tiemblan
y ella parece al borde de los gritos más desgarradores del mundo.
- Necesito pedirte
algo, Daniel –musita.
- L-lo q-q-que
qui-qui-quieras –respondo.
- Vete y no vuelvas
a acercarte a mí. Es por tu propio bien –dice de manera tan fría que me hiela
la sangre consiguiendo que ese sueño imposible al fin llegase a su fin.
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