domingo, 14 de octubre de 2012

Segunda parte (Capítulo 3)


Sus labios son tan suaves. No sé qué puedo hacer. Jamás en mi vida he recibido un beso pero es lo más hermoso que puede pasarme. En mi estómago siento un hormigueo y mis mejillas se vuelven completamente rojas por la vergüenza de no ser capaz de devolver aquel gesto.
Sus pequeñas manos se posan sobre mis mejillas y sigue besándome. Mis manos temblorosas suben hasta las suyas y ella se encarga de entrelazar nuestros dedos.
Aquello es el cielo. ¿Me amará acaso? No me importa. Solo quiero perderme en ese beso toda la vida.
Con delicadeza sus labios van llevándose los míos abriéndolos. Es lo mejor que ha podido pasarme nunca.
Acaricia con delicadeza con sus dedos los lóbulos de mis orejas y sin que abra los ojos soy capaz de saber que ella me está mirando. Separa un solo instante aquellos delirantes labios de los míos y suspira.
- No me dejes, Daniel –murmura-. Tú no.
Mi vulnerable y frágil Elle. Jamás iba a irme de su lado aunque me lo gritase. Solté una de sus manos mientras negaba y la puse sobre su mejilla.
- N-n-nun-n-c-c-ca –respondo.
Vuelve a besarme complacida al escuchar aquella promesa de entre mis labios y enreda sus pequeños dedos en mi cabello apretando nuestros labios de manera que me cuesta respirar un poco. 
No me es fácil saber qué hacer pero sus labios se amoldan a los míos sin mucha dificultad y aunque me cuesta, me dejo llevar. Dejo que me guíe. Ella tiene experiencia al menos besando pues otras veces la veía besarse con Clive. Ahora esa perfecta boca era mía. No la soltaría jamás.
Su boca se oprime más contra la mía como si necesitase que la besase para seguir viva y solamente por ese pensamiento es cuando mi mano se apoya en su nuca atrayendo todo lo que puedo a mi rostro, el suyo cincelado por los ángeles.
Siento como poco a poco se está poniendo de rodillas sobre la cama y tengo que alzar mi rostro hasta el suyo para que nuestras bocas no se separen.
Puedo notar como me necesita tanto como yo a ella pero no sé de qué manera la ansío.
Mi corazón palpita tan fuerte que me duele el pecho pero es la primera vez que el dolor me gusta. Mi respiración se entrecorta y escucho como ambos jadeamos suavemente entre nuestras bocas por la intensidad que está alcanzando ese beso. Hay pasión, hay locura, hay amor mezclado con amargura y no podría ser más feliz.
Sé que está desnuda ante mí. Vulnerable. Nadie antes la ha contemplado así y soy yo quien ahora la besa desesperado por no perderla nunca. Deseoso de fundirme en su alma para no tener que alejarme ni un milímetro de ella, de su fragancia, de todo lo que invita a cometer pecados siendo ella el mal a consumar.
Devoradora de almas, Elle se transforma en una diosa de la seducción que con su cuerpo logra descubrir en mí sensaciones hasta ahora desconocidas.
Toma mi mano en medio de aquel beso loco y hace que descienda de nuevo por sus curvas lujuriosas. No me resisto, lo hago gustoso.
Su piel bajo mi palma reacciona a su paso. Sus poros se abren, ella se estremece y su respuesta voluntaria es besarme con más pasión.
Gimo levemente sobre sus labios cuando mis dedos rozan la comienzo de esos montículos. Llevo mi otra mano a su cuerpo y los tomo consiguiendo que de Elle escape un glorioso gemido que no reprime.
El rubor cubre nuestros rostros pero la pasión es cegadora. Quiero volver a escuchar esos sonidos que se mezclan con mi propio adn.
Aprieto sus senos cuando mis manos los abarcan por completo y ella vuelve a gemir. Me regala ese grito ahogado que me hace estremecer de pies a cabeza. Siento mi cuerpo vibrando por la excitación de aquellas sensaciones y dejo que a pesar de mis miedos gobierne en mi raciocinio mis impulsos.
 Mis pulgares comienzan a jugar con aquellos botones que empiezan a endurecerse y me quedo absorto mirándolos sin dejar de mover mis dedos a su alrededor. Es encantador escuchar sus reacciones contra mi boca.
Ella me quita las gafas y las deja a un lado mientras nos tumba lentamente en la cama. Coloco entre sus piernas y estira mi labio inferior con sus dientes. Sonrío como tonto.
- Bé.. bésame –murmura sonrojada.
Contemplo su belleza unos segundos entrecerrando mis ojos y vuelvo a besar sus labios torpemente pero a ella parece gustarle. No lo rechaza.
Mis manos mientras tanto continúan acariciando aquella parte de su anatomía que deseo venerar el resto de mi existencia.
- En… en… el cuello –musita entre jadeos y gemidos.
Agarra mis muñecas para que no me separe de sus senos por lo que comprendo que debe querer tener mis labios en su cuello de cisne. Me separo con dificultad de aquellas pequeñas almohadas y recorro con mi boca el camino que hay de su comisura hasta la parte más alta de su cuello como si fuese una simple caricia mientras ella echa su cabeza hacia atrás dejándome garganta a mi disposición.
- Bésame –me indica.
Asiento y dejo un pequeño beso en él. Ella complacida sonríe y emite un pequeño ronroneo que me indica que le gusta. Vuelvo a besar su cuello y voy bajando dejando minúsculos besos por toda su longitud.
Sé que solamente me ha pedido su cuello pero ¿qué pasaría si recorriese con mis labios aquellos montículos que ahora tengo entre mis manos?
Mis manos descienden por sus costados soltando sus senos acariciando con dulzura la forma de sus curvas. No debería estar haciendo eso pero me gustan las reacciones que causa en ella. Comienzo a besar su clavícula bajando hasta el comienzo de sus pechos. No puedo evitar gemir al notar como su piel va siendo cada vez más suave bajo mis labios.
- Daniel…
Escuchar mi nombre salir de entre sus labios no me hace parar sino al contrario me anima a continuar.
Sigo descendiendo por aquellos hermosos montículos y beso cada centímetro de aquella piel única sin posible comparación. En mi cabello siento como sus dedos se agarran entre mis mechones y mientras arquea suavemente su espalda empuja mi boca más contra aquella perdición, ese pecado divino que son sus pechos.
Sus labios deben estar muy abiertos porque la escucho sin problema alguno gemir una y otra vez por aquella nueva sensación que estamos ambos experimentando.
Estiro mis dedos por su piel hasta que abarco casi por completo el costado de sus caderas y la parte superior de sus muslos. Me estoy volviendo adicto a todo aquello.
Dejo un beso sobre cada uno de sus pezones tan duros como piedrecitas y ella vuelve a emitir esos sonidos que tanto me atraen.
Sonrío con mi respiración acelerada y ella me frena cuando voy a volver a besar su anatomía. Me mira a los ojos y con sus manos colocándolas en mi espalda va subiendo mi jersey. Poco a poco, sin prisas. Me lo quita por el hueco de la cabeza y lo tira fuera de la cama. Después pasa uno de sus dedos por mi flequillo y me lo aparta de los ojos.  Tan dulce como el primer día.
Permanecemos mirándonos a los ojos como dos niños que saben que están haciendo algo malo pero deseosos de continuar con esa diablura. Parpadea un par de veces mientras que las yemas de sus dedos rozan mis mejillas hasta encontrarse con mi polo. Desabrochan el primer botón. El segundo. El tercero. Sus manos bajan por mis costados y sacan el polo de mis pantalones para después quitármelo al igual que el jersey.
Me sonrojo por completo. Es la primera vez que alguien ve mi cuerpo sin ropa, al menos que yo sea consciente de ello y quitando la vez que descubrí como ella misma me había visto cambiarme la ropa.
Ahora las sensaciones son tan diferentes. No quiero huir como ese día por la vergüenza. Quiero quedarme y que ambos disfrutemos de la desnudez del otro de todas las maneras existentes.
Elle baja su rostro y besa mis labios lentamente mientras que sus manos recorren mi espalda haciéndome jadear en su boca, en aquella dulce boca en la que moriría feliz.
Cuando llega a la cinturilla de mi pantalón desliza suavemente sus dedos por dentro haciendo que mis manos situadas sobre sus muslos los aprieten instintivamente. Sus pequeñas manos se sitúan entre nuestros cuerpos y desabrocha el botón de mi pantalón bajando poco a poco el vaquero ayudándose de sus pequeños pies.
Me besa con más pasión y en unos minutos estoy completamente desnudo al igual que ella.
Mi respiración y mi corazón están a un ritmo loco y puedo sentir contra mi pecho que a ella le sucede igual.
Muerde suavemente mis labios y sus dedos se hunden en mi cabello instándome a besarla con la misma desesperación con la que ella lo está haciendo. Me cuesta un poco pero le devuelvo la misma necesidad que recorre mi cuerpo o al menos eso es lo que creo.
Gemimos en la boca del otro mientras soy capaz de darme cuenta de una excitación asombrosa que recorre mi ser. Siento una presión en mi entrepierna que me hace desear más de aquella situación pero no sé qué se puede tener a parte de esos besos, esas caricias y ese encantador sonido que sale de su garganta.
- Haz… hazme el amor –susurra Elle entre besos apasionados.
- N-n-no… n-n-no.. s-s-sé –respondo.
He leído sobre esos encuentros en los que un hombre y una mujer se entregan hasta el amanecer para demostrarse su amor, su pasión, su lujuria y desenfreno pero desconozco como hacer que ella sienta en su piel lo que en mi interior siento.
“Intenta recordar”  me obligo mentalmente para pensar en las palabras exactas de alguna de aquellas novelas románticas que me darían la clave para hacer lo que mi amor me estaba pidiendo.
Entrar en su interior. Esa era la única frase que llegaba a mi mente pero ¿cómo entraría en su interior? ¿Qué significaba exactamente?
Elle sube sus piernas flexionándolas a mis costados y por ese movimiento siento como nuestros sexos se rozan lo que nos hace gemir audiblemente a los dos.
Me mira avergonzada y baja su mano por mi cuerpo hasta que siento como agarra mi miembro en esa pequeña mano. Ella se sonroja aún más que antes pero yo la beso para que entienda que todo lo que soy es suyo para siempre.
Noto como la punta de mi miembro roza una entrada humedecida y eso me hace gemir de nuevo. ¿Es eso hacer el amor? De ser así no es tan placentero al menos para una parte de mi anatomía pero si disfruto de ello.
Su boca me besa con más necesidad como a la espera de algo y es en ese momento cuando recuerdo otra frase de mis lecturas. “Nuestro vaivén…” Debería moverme por lo que lo hago. Me inclino más sobre ella y es entonces cuando siento como voy penetrando en su interior sin querer pero el placer de ambos nos hace separar nuestras bocas para pedir más.
Elle aprieta más sus dedos en mi cabello haciéndome un poco de daño pues tira de algunos mechones pero vuelvo a introducirme lentamente en ella.
Notar como se abren aquellas húmedas y delicadas paredes para dejarme paso me hace volverme loco de placer. Ahora si entendía las historias, aquello debía ser hacer el amor.
- En… entra y sal –susurra Elle jadeante.
Hago lo que me pide y no puedo describirme a mí mismo el placer que aquellas suaves embestidas estaba generando en mí mientras que nuestros gemidos se pierden en la habitación. 

sábado, 13 de octubre de 2012

Segunda parte (Capítulo 2)


Atemorizada contemplo la luz del amanecer mientras Daniel aún permanece dormido junto a mí. Es lo único que me mantiene anclada a la realidad pero sé que cuando la luz regresa, él tendrá que abandonarme durante unas horas para ir a clase.
¿Podré hablarle hoy de lo que siento? Seguramente no sería capaz de escuchar lo que mi mente piensa a cada segundo y como eso me hace sentir. Él necesita dulzura, merece que le cuiden como nadie más lo ha hecho antes.
Le observo mientras lloro en silencio. Él duerme a mi lado sin inmutarse y cuando eso pasa uno de los pensamientos que gobierna mi mente me perturba con tantísimo dolor. Creo que no le importo lo suficiente para estar a mi lado, despierto, cuando más le necesito pues puede estar en su mundo tranquilo, en la inconsciencia.
Sé que no es justo para él que piense así pero no soy capaz de evitarlo, es superior a mis fuerzas…
Dejo de leer. Me duele saber que piense algo así sobre mí cuando desde aquel día no me he separado de ella.  Me pone ansioso abandonarla aunque sea unos segundos. Es tan vulnerable.
Escucho el sonido de la puerta y veo su perfecto cuerpecito enfundado en el albornoz que trajo de su casa. Me sonríe ligeramente al ver que estoy sentado en la silla de su escritorio.
Camina lentamente hacia mí y se sienta sobre mis piernas observando de manera inquietante mi rostro. No habla, con la mirada lo quiere decir todo pero su mirada es tan triste, tan pesada que no puedo mantenerla mucho tiempo.
Apoya su frente contra mis cabellos y con mis brazos rodeo su pequeña cintura atrayéndola a mi cuerpo para que así no pueda caerse. Deja un beso en mi cabeza y se queda quieta mientras llena sus pulmones de aire. No puedo evitar imitarla pues me encanta como huele después de ducharse.
- ¿Sabes? –susurra tan bajo que parece que habla con ella misma.
Niego y mis dedos se pierden entre los pliegues de su albornoz que es suave pero jamás tanto como su maravillosa piel de porcelana.
- He soñado con lo que pasó…
- E-e-ll-ll-e-e, n-n-no….
- Tranquilo… -apoya sus dedos ligeramente arrugados por el agua de la ducha sobre mis labios- estoy bien.
Suspiro por su dulce tacto y abro lentamente mis dedos en su cintura mientras sus ojos se mantienen fijos en mi rostro.
- ¿Lo recuerdas? –pregunta.
- S-sí-sí –susurré.
¿Cómo no recordar ese momento? ¿Cómo borrar de mi memoria el momento en el que más había sufrido de mi vida? Ahora entendía lo que en tantas historias había leído. El amor nos hace vulnerables. Da cartas al enemigo para lastimarnos y a la persona que amas para que te mate por dentro.
Cierro mis ojos y respiro su fragancia mientras mi cuerpo comienza a tiritar cuando a mi mente llega el recuerdo de su cuerpo tumbado sobre el frío suelo. Su rostro completamente lleno de lágrimas, hipando de la amargura, el terror que sentía. No veía nada que no fuese la oscuridad delante de sus ojos.
En su mano derecha aún estaba el arma con el que había cortado sus muñecas hasta tal punto que la sangre recorría sin problemas las baldosas de la minúscula habitación.
- ¡N-n-no! –grité mientras caía junto a ella.
Tomé unas toallas y las apoyé sobre sus muñecas para que no saliese más sangre de ellas. No quería ni pensar en la sola posibilidad de que pudiese perderla. No, ella no. Cualquiera menos ella. Mi Elle, no. Mi vida no.
Las lágrimas recorren mis mejillas y siento sus labios apoyarse sobre su trayectoria besándolas y secando de esa dulce manera mi rostro.
- Mi héroe –susurra.
Abro mis ojos encontrándome con los suyos y acaricia con delicadeza el contorno de mis labios. Perdiéndome en la inmensidad de su belleza mis labios se entreabren hasta que ella puede contemplar el inicio de mis dientes.
- ¿Qué sientes por mí? –pregunta inquisidora como si ya lo supiese.
- T-t-te q-qu-quie-r-ro m-mu-uch-ch-o –respondo bajando mi mirada.
No puedo confesarle la verdad. No soy capaz de decirle que estoy perdidamente enamorado de ella desde el mismo momento que la vi. Me creería un estúpido.
Se levanta de mis piernas dejando mis brazos completamente vacíos sin su cuerpo. Tengo que relajar mi respiración pues tantas emociones pueden conseguir que no sepa lo que hacer.
Me giro en la silla y apoyo mi cabeza entre mis manos. Tengo que borrar ese recuerdo doloroso pero ya he comenzado a reproducir la cinta y ya no puedo pararla.
La ambulancia llegó poco tiempo después de que les suplicase tartamudeando que llegaran. Me preguntaron lo que había sucedido y a duras penas pude responderles que aquella muñequita tan perfecta como única en este mundo se había encerrado en el baño sin ni tan siquiera haber podido impedirlo.
Metieron su cuerpo inconsciente y bañado en lágrimas en la parte trasera del vehículo. No sabía si ir con ella o no pero lo hice. Me subieron y me senté junto a ella observando sus ojos cerrados y su rostro sufriendo. Aún en otra realidad seguía sufriendo.
Siento sus manos en mis hombros y como lentamente va dando la vuelta a la silla. Me mira pero yo no puedo verla. No ahora. La necesito a mi lado pero mi miedo nubla mi mirada. Sé que podría perderla tan pronto como parpadease y no quería que ocurriese jamás.
Toma mi mano y es entonces cuando puedo escuchar la música que ha puesto. Parece una banda sonora de una película pero no recuerdo exactamente cuál.
Me levanto mientras sus dedos se deslizan entre los míos y aprietan ligeramente mi mano observando cada reacción de mi rostro.
No sé lo que quiere pero mi mirada vuela hasta sus ojos azules que parecen estar llenos de temor. Sus mejillas sonrojadas invitan a acariciarlas pero no hago nada pues no sé para qué me necesita.
Camina hacia detrás y se queda en el borde de la cama arrastrándome con ella. Apoya su mano libre en mi nuca acercándome poco a poco a su rostro, sin prisa alguna.
- He visto tus dibujos –sisea haciendo que su aliento roce mis labios.
Me sonrojo por completo. Sé a lo que se refiere. La he observado alguna vez desnuda y he intentado reproducir sus perfectas curvas en mi bloc siendo prácticamente imposible. Una fracción de segundo no me permite plasmarla en todo su esplendor.
- No tomes esto como que soy una… cualquiera –susurra mucho más nerviosa- pero quiero que puedas terminarlos. ¿Qué necesitarías?
Siento como mi respiración se vuelve tan irregular como los latidos de mi corazón y aprieto entre mis dedos de mi mano libre el puño de mi sudadera. Jadeo ligeramente y sin ser capaz de mirarla respondo.
- Ve-ver-r-t-t-te.
Ella parece entender y se aleja solamente un poco de mí para desabrochar el cinturón de su albornoz dejando que después resbale por su precioso e inmaculado cuerpo.
Aprieto mis manos para controlar mi deseo de recorrer con ellas toda su piel y memorizar cada centímetro de su anatomía como si fuese un ciego.
Sus dedos temblorosos cogen mi barbilla y hacen que suba mi cabeza para encontrarme con sus ojos. No puedo mirar su cuerpo por lo que cierro los ojos. Eso está mal. Seguro debe estar pasando por algún episodio extraño y no es consciente de lo que está haciendo.
- Mírame, Daniel –susurra.
No. No lo haré. Niego frenéticamente a pesar de que sus manos colocándose en mis mejillas intentan parar mis movimientos.
- Daniel, tranquilo.
Sé que ella debería ser la única que estuviese nerviosa pero yo no puedo evitarlo. Es una diosa ofrecida a un pobre tonto y todo lo que tiene que ver con ella me lleva a un estado de ansiedad demasiado grande como para soportarlo sin que nadie lo note.
- Ya… sh.. –besa la punta de mi nariz-. Tranquilo.
Siento como una de sus manos coge la mía y hace que poco a poco mi brazo se estire hacia ella. No tardo mucho tiempo en sentir su pómulo bajo mi palma. Es tan agradable poder tocar sus rasgos.
- Tranquilo.
En su tono he sido capaz de palpar su nerviosismo y antes de que pueda hacer nada ella hace que mi mano comienza a descender por su cuello hasta la parte superior de sus senos. Ya no hay posible marcha atrás. Ahora soy esclavo de ese suave tacto del inicio de aquellas montañas.
- Mírame –me suplica.
Abro mis ojos por su tono de voz y veo sus mejillas tan rojas que parecen pequeños tomates adorablemente colocados en el lugar idóneo.
Está entregada a mi tacto y mis dedos ya recorren aquel montículo tan suave y delicado. Bajo mi mirada a él y suspiro. Quiero sentirlo toda mi vida. Es tan perfecto e increíblemente redondeado. En la parte más baja posee un pequeño botoncito al que todos deben llamar pezón. Es tentador, invita a jugar con él y mi dedo pulgar no puede evitar pasar alrededor para descubrir su textura. Está duro y se mueve levemente. Vuelvo a pasar mi pulgar y Elle gime.
Alzo mi mirada hacia ella que avergonzada mira hacia otro lado. ¿La he hecho daño? Parece que no. ¿Puede haberle gustado?
Temeroso subo mi otra mano hasta su otro montículo mientras veo como Elle cierra los ojos. Aprieto con suavidad aquella blanda carne y ella vuelve a gemir. Le gusta y por algún motivo eso me resulta de una manera que desconozco, atrayente. Quiero volver a escuchar esos gemidos.
- T-t-túm-m-mb-bat-t-te –le pido.
Ella abre los ojos y asiento. Baja con mucha suavidad y se tumba sobre la cama. Me mira nerviosa. Su respiración es tan rápida como la mía.
Me quedo observando durante unos minutos como sube y baja su abdomen al ritmo de su respiración.
Me siento junto a su cadera y con uno de mis dedos con mucho cuidado voy recorriendo aquel cuerpo que invita al pecado.
Mi musa cierra los ojos, no sé porqué, pero eso hace que la imagen que contemplo sea aún más hermosa.
Bajo mi dedo por entre sus pechos llegando a su ombligo. Su piel se eriza ante mis caricias y trago con dificultad mientras mi dedo dibuja el contorno de aquella pequeña cueva que tiene en medio del abdomen.
Un suspiro sonoro se escapa de entre sus labios mientras bajo mi dedo hasta su cintura. Rozo levemente su vello púbico y ella agarra las sábanas. El tacto de ese vello es muy distinto al de su cabello pero aún así me gusta.
Elle abre sus piernas mientras mis dedos se aventuran por su monte de Venus hasta llegar a la intersección de sus labios vaginales.
- Oh… -gime.
Deslizo la yema de mi dedo índice por entre ellos comprobando que está húmedo. ¿Por qué está húmedo?
Tiene un cuerpo maravilloso y aquella sensación de sentirla siempre la llevaré en mi recuerdo pero mi cuerpo parece desear más. Por primera vez siento un dolor en mi entrepierna que no me resulta para nada familiar. ¿Qué está ocurriendo? ¿Deberé ir al médico?
Quito mi mano de Elle preocupado por lo que pasa en mí y en dos segundos tan rápido que desconozco como ella se incorpora quedándose a milímetros de mis labios.
- ¿Tienes… suficiente?
Asiento y ella me mira durante unos instantes creo que debatiéndose sobre algo. No sabe si debe o no hacer lo que sea que está imaginando. Quiero preguntarle lo que le aflige pero cuando abro los labios los suyos se estampan sobre los míos haciendo imposible que hable pero regalándome mi primer beso. 

sábado, 6 de octubre de 2012

Segunda parte (Capítulo 1)


Cierro mi cuaderno cuando suena el timbre que indica el final del curso. Ya no queda nada que hacer, no son necesarias horas de estudio. Puedo dedicarme por completo a mi nueva tarea.

Me levanto y meto mis bolígrafos en mi estuche. Introduzco el estuche en mi mochila y me la cuelgo al hombro. No me dejo nada.

La temperatura ha ascendido considerablemente en comparación a años anteriores en este país. Las corrientes cálidas del Sáhara no permanecen solamente en España sino que se desplazan a nuestro país. Algunos lo llaman calentamiento global. Yo simplemente lo nombro calor sofocante. Suelo ser bastante sencillo a la hora de ponerle nombre a lo que me rodea.

Agarro con fuerza el tirante de mi mochila mientras rememoro aquel horrible mes en el que toda la vida tal y como la conocíamos cambió.

Miro de un lado al otro tras los cristales de mis gafas. Clive y sus amigos aún no han salido del gimnasio. Puede que esta vez me libre de la paliza diaria. Solamente el recuerdo de sus puños hundiéndose en mis músculos hace que tenga náuseas.

Se me escapa un jadeo aterrorizado y corro hasta la salida tropezándome con mis propios pies. De vez en cuando miro hacia atrás deseando que aquella enorme puerta no se abra hasta que no esté tan lejos que no entre en su campo de visión.

Me voy chocando con mochilas, escucho como me gritan pero sé que será el último día que vea esas horribles caras, que oiga sus desprecios pues el instituto ha terminado y comienza otra nueva  etapa, la universidad.

Doblo la esquina y sonrío suspirando aliviado. Ya no podrán encontrarme. No podrán hacerme daño porque desconocen a donde voy y tras las vacaciones espero no ser la presa de ningún abusón hambriento.

Me coloco las gafas en su lugar mientras vuelvo a caminar a un paso decidido pero no cansino. Mi respiración poco a poco vuelve a la normalidad. Tengo que tener fuerzas para enfrentarme a la nueva tarea. No sé cómo será la escena hoy. Puede que esté hasta yo aterrorizado pero parecía haber mejorado los últimos días.

Deslizo mi mochila hasta mi pecho y corro la cremallera del bolsillo pequeño hasta que puedo meter mi mano en él. Busco las llaves y me quedo frente a una puerta. La casa está en un barrio completamente desierto. Es el peor barrio de la ciudad pero dentro de aquella casa quizá esté lo más valioso que jamás haya existido.

Puede que a nadie le guste pero es el único hogar que me he podido permitir con el dinero que me pasa Christine. Ella continúa siendo mi madre pero su divorció de su esposo Gilbert encontrando a un hombre mucho mejor en poco tiempo. Cambió de ciudad pero yo no podía irme, tenía que quedarme aquí para poder poner fin a la gran agonía que azotaba mi vida.

Meto la llave en la cerradura de mi hogar y entro en él. Está todo tal y como lo dejé. Parece que no ha pasado nada malo. Sonrío un poco aliviado mientras camino con precaución hacia la habitación.

Allí yace. Su delicada anatomía formando curvas imposibles sobre unas sábanas viejas y gastadas. Sus pequeños piececitos están juntos.

Jamás podría cansarme de contemplarla mientras duerme. Me acerco a la cama y dejo en el suelo mi mochila junto a mi carpeta. Con cuidado deslizo mis dedos por su cabello hasta apartarlo de su rostro. Lleva tanto tiempo dormida que no puedo evitar preocuparme. Apoyo mi dedo índice y mi corazón sobre su cuello para comprobar que tiene pulso.

Está bien. Al menos está durmiendo pero viva. Mi Elle. Me dio un susto tremendo aquel fatídico día mientras que yo descansaba. Un chillido me despertó y entre gritos supe que la estaba perdiendo.

Cuando fui capaz de abrir la puerta la sangre recorría sin problemas el suelo. Sus muñecas cortadas y ella estaba a punto de morir. ¿Por qué hizo eso?

Muevo mi cabeza para quitar ese recuerdo de mi mente. Ahora está allí. Eso es lo único que importa. Esa dulce muñeca no puede desaparecer de la faz de la tierra, aún le queda demasiada vida.

Se revuelve y abre ligeramente sus ojos. Sonrío y contemplo la dulzura de su mirada. Alza una mano y roza mi mejilla.

- Hola, Daniel –murmura con su voz un poco rasposa.

- Ho-o-ola, E-e-ll-ll-e –respondo.

Disfruto como un niño pequeño de su delicado tacto. Me encanta cuando me dedica un momento de afecto. Ahora es ella. Una deliciosa y tierna princesa encarcelada por un monstruo malvado.

Me acerco a ella. Elle coge mi cara entre sus manos y junta nuestras frentes. Está serena como un bebé que se ha curado de su mal. Ronronea como un gatito mientras acaricia mi nariz con la suya. ¿Cómo puede sufrir tanto un alma tan pura?

- Y-ya n-n-no t-t-teng-g-o que ir a cl-clas-se –anuncio con una enorme sonrisa en mi rostro.

- ¿Ahora eres todo para mí? –pregunta mientras las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba.

- S-s-sí –respondo inmensamente feliz.

Parece gustarle la idea. Verla relajada me gusta. Ojalá estuviese siempre así. Ella es realmente como ahora la estoy observando y si alguien pudiese verla entendería el inmenso amor que crece en mi interior por esa dulce niñita tan vulnerable.

Las yemas de mis dedos, caprichosas, rozan la piel de su cuello de cisne. Se eriza pero no la esquiva, al contrario, le gusta y no dice nada. Permanece quita para que pueda seguir recorriendo esa parte de su anatomía con mis torpes caricias.

Suspira y deja un dulce beso en la punta de mi nariz para después separarse de mí. Me sonríe y besa mi mejilla antes de girarse. Apoya su peso en su codo para después levantarse de la cama.

La contemplo boquiabierto mientras se despereza. Camina hasta el baño y se mete en él. Sé que va a ducharse pero igual no me quedo tranquilo. La última vez que desapareció tras una puerta estuve a punto de perderla.

Estiro las sábanas de la cama y la hago. Pongo los cojines encima de la colcha. Después camino hasta el escritorio y sonrío al ver que está lleno de los folios en los que suele escribir Elle. Su caligrafía ha cambiado después de aquel día.

Suspiro y observo los relieves del folio. Ha estado llorando. Siempre que escribe se emociona para bien o para mal pero derrama tantas lágrimas que me parte el alma. Ella se merece ser protegida de todo pero no soy lo suficientemente fuerte como para evitar que ella misma se lastime.

Me dejo caer en la silla mientras observo la ventana que hay haciendo las veces de pared en ese lado de la sala. Aún escribe sobre esos momentos, sobre sus pensamientos para que yo los lea y pueda entenderla.
Es difícil saber lo que su mente puede llegar a procesar en un solo minuto pero lo peor no es eso sino la cantidad de maneras negativas que hay de ver una misma situación. Ella es única descubriendo maneras de hacerse daño con cualquier pequeña cosa: una palabra, un gesto, una risa que ha escuchado a lo lejos… Todo parece tener que ver con ella para herirla. No es capaz de procesar que el resto del mundo no la odia.
Suspiro triste y recojo todos esos folios para meterlos en una de sus carpetas ordenándolos de la manera más precisa de la que soy capaz.

Tras ello saco mi bloc de dibujo y sonrío al ver mis bocetos de su dulce figura en innumerables ocasiones. Jamás ha visto mi musa esos trazos. Sé que algún día cuando tenga valor le diré todo lo que siento por ella como para desear observar cada segundo su resplandeciente forma.

Tomo mi lapicero y me dispongo a terminar la última de mis obras. 

Capítulo 11


¿Por qué? ¿Qué he hecho para jugar con una persona de esta manera? Él me preocupa, le necesito pero quizá de manera demasiado egoísta. Quiero que se vaya pero a la vez que se quede. ¿No entiende que no merezco a nadie a mi alrededor? ¿Debería contarle lo último que me sucedió? No creo que sea necesario. A nadie ha de importarle y a él menos aún a pesar de que sigue conmigo. Aquí está. Duerme, tranquilo. ¿Por qué no huyes de mí Daniel? ¿Por qué no te vas como te he pedido? No quiero lastimarte a ti, a ti no. Bastante sufres tú ya.

Mis lágrimas mojan el papel. A penas puedo contenerlas. Estoy demasiado absorta en aquella voz que consigue revolverme el estómago, que alimenta mis miedos y no me deja pensar.

- ¿Por qué escribes? –susurra en mi oído.

No quiero responder. No debe nadie saber que aquello ha llegado a tal extremo.

- No escribas. Sabes de sobra que todo lo que haces es una completa basura. ¿Cuántas veces debo decírtelo, Elle?

Chasquea la lengua mientras sus tacones se mueven a mi alrededor hasta situarse frente a la ventana en la que tantas veces me ha observado.

- Reconoce de una maldita vez que tu existencia es inservible. ¿Tengo que recordártelo todo o te pongo un nuevo ejemplo?

Alzo mi mirada temerosa y allí están esos ojos que robarían la alegría a cualquiera que los observase. Esta vez no son rojos sino negros. Es un azabache tan intenso que imita a la perfección a un pozo sin fondo.

- Como no hablas me tomaré eso como una invitación a continuar. Empecemos por el nuevo ejemplo. Clive –ríe-. Llevo diciéndote mucho tiempo que ese chico no te conviene en absoluto pero a pesar de que él estaba “perdidamente enamorado” –hace unas comillas muy pronunciadas con sus dedos- te ha cambiado por otra. ¡No eres suficiente ni para los que dicen amarte! No me extraña. Estás hueca por dentro y por fuera. Muchas notas, muchas notas pero realmente no te valen. Dime, mi querida Elle, ¿cuántos de esos sobresalientes has celebrado?

Permanece en silencio observándome, matándome poco a poco con esa mirada fría que cala en lo más hondo. Deseo huir corriendo de allí pero sé que me encontrará. Lo hace hasta en mis sueños.

- Yo tengo la respuesta, mudita.

Alza una de sus depiladas cejas. Mueve su cabellera y se sienta en el alféizar de la ventana sin quitar su penetrante mirada de mí.

- Nunca los celebras. No te gusta sacar esas notas pero te parecen poco. ¿Sabes por qué? Porque es poco. Porque no llegas a lo necesario porque, escúchame bien, no vales para absolutamente nada. Ya deberías haber destacado en algo y lo único que haces es permanecer sola todo el tiempo. Es interesante ver como todos piensan que siempre estás ocupada con otras personas cuando hasta los recreos te los pasas sola encerrada en la biblioteca como una vulgar rata. Te engañas a ti misma diciéndote que es lo que quieres pero te mueres de envidia por ser cualquiera de todos esos chicos y chicas que se ríen por todo. Te invitan a las fiestas para que estés ahí por esa imagen de popular que tienes pero nadie tiene ni idea de que no eres para nada popular, es simplemente una estúpida fachada que te has creado y el mundo se ha creído. Das tantísima pena…

Las lágrimas son como ácido recorriendo mis mejillas haciendo que me duela la piel por su camino. Mis dedos se crispan para agarrarse a la madera del escritorio esperando así aferrarme aún a algún lugar que pueda llamar mío pues todo lo que físicamente soy va muriendo carcomido por ese veneno que escupe esa voz mortuoria.

Miro de reojo a Daniel que permanece abrazado a la almohada con su cabello revuelto y su flequillo sobre sus ojos.

- ¿Ves? Estás sola. Ni tan siquiera a él le importas.

Tiemblo como una hoja de papel ante el viento y doy la razón a aquella mujer que está dispuesta a destruirme. Siento como las yemas de mis dedos están frías y no deseo ver nada más que aquel vacío que me está regalando.

- Eso es. Ahora lo entiendes y me das la razón.

Devuelvo mi mirada hacia el papel sobre el que descansa mi bolígrafo preferido. Con una mano temblorosa vuelvo a cogerlo entre mis dedos y apoyo la punta en el blanco folio. La tinta impregna la página con mi caligrafía estampando mis pensamientos.

Ya no hay marcha atrás posible. ¿Por qué permanezco tanto tiempo negando la realidad cuando es obvio que tiene razón? No debería existir ni tan siquiera tendría que permitirme permanecer en un mundo en el que solo estorbo.

No sirve de mucho una vida en la que nada me llena, me entusiasma o sonrío con solo imaginarlo. La sonrisa, un acto para la mayoría involuntario, en mi caso es todo lo contrario. Debo obligarme para sonreír. ¿Cuántas veces debo suplicarle a mi cerebro para que me haga caso? Lo desconozco.
Sus constantes amenazas, sus continuos razonamientos al fin me han hecho darme cuenta de que esta vida no es vida.

Me odio. Nadie lo sabe ni a nadie le importa pero me odio. Deseo desaparecer de la tierra en la que jamás debí haber vivido y a pesar de eso hay personas mucho peores que yo. Necesitan cariño, atención, me gustaría dárselo pero no tengo fuerzas ni para mí misma.

Apoyo mi frente sobre mis manos completamente destrozada. Acabo de aceptar una verdad tan dolorosa que puedo sentir como arrancan la piel a tiras.

- Sh… tranquila preciosa –susurra mientras acaricia mis cabellos-. Ya sabes que todo va a pasar si confías en mí. ¿Cuántas veces te he mentido?

Nunca. No lo ha hecho. Es la única que jamás se ha aprovechado de mí. Ella vive mi desgracia intentando hacerme comprender que no tengo porqué seguir soportando esa desdicha.

Temerosa me levanto sabiendo que al fin abrazaré mi destino. No hago ruido con la silla al separarla del escritorio para así poder caminar hasta el lugar donde pondré punto y final a esta historia.

Camino hasta la cama donde la luz del amanecer roza las mejillas de Daniel. Esa alma tan pura ha derramado lágrimas por mí por alguien que no merece ni un hola de sus labios. Me arrodillo frente a él y aparto su flequillo de sus ojos y su frente depositando un pequeño beso en ella.

- Serás fuerte –susurro más que como afirmación como una manera de creérmelo yo misma.

Su frágil alma podrá vivir en aquel horrible mundo pero yo ya no puedo permanecer allí porque ni tan siquiera a él importo. Apoyo mi mano en su mejilla y la acaricio observándole dormir unos minutos.

- No lo dejes para más tarde. Cuanto antes lo hagas, antes terminará todo –me recuerda impaciente.

- No… no puedo… Daniel –murmuro.

- ¡Haz lo que te digo! –grita.

Giro mi cabeza hasta encontrarme con sus ojos inyectados en sangre observándome con odio. La luz del amanecer comienza a desaparecer. El Sol ya no está saliendo sino que todo a mi alrededor se oscurece.
La temperatura baja con tanta rapidez como ahora posee mi corazón al latir. Me falta el aire, pues todo aquello es demasiado terrorífico.

- Hazme caso o será mucho peor, niñata insufrible.

Me agarro a las sábanas mientras unas figuras deformadas y repletas de sangre vienen a por mí. Ojalá despertara Daniel para librarme de todo aquello pero ya no soy capaz de verle ni de oír nada que no sea esa voz de ultratumba.

Quiero huir pero permanezco como una estatua observando todos los miembros amputados, las heridas sin cicatrizar de las que todavía salen chorros de sangre y en mi interior solo siento ganas de vomitar.

Me incorporo y comienzo a correr. No sé por dónde piso pero sí sé que chillo, grito mientras lloro más que asustada. Necesito libertad y no la tengo.

Durante mi carrera me topo con algo duro. Jadeo. Me duele la cabeza donde me he golpeado pero algo metálico aún más duro me está perforando el estómago.

Dolorida bajo mis manos hasta el objeto metálico y por su forma comprendo que es un pomo de una de las puertas de mi casa.

Abro la puerta y entro a la habitación que sea. Cierro la puerta a mi espalda y abro los ojos al fin suspirando temblorosa.

Una luz tenue entra por la ventanita del lado derecho. La habitación ocre me recibe mostrándome sus acabados en tonos plateados pero no soy capaz de percatarme en nada. Estoy y parece que a salvo en ese baño.

Apoyo mi espalda en la madera de la puerta e intento pensar tranquila pero el recuerdo de lo vivido consigue que tenga que ahogar un nuevo chillido.

- Daniel –jadeo levemente.

Él aún está fuera y puede que ella le esté haciendo daño. Quiero cuidarle pero no me atrevo. La temo demasiado como para ni tan siquiera pensar el volver a enfrentarme a ella.

- Sé donde estás.

Es su voz. Me tenso y abro mis labios sin aliento. Al otro lado de la puerta me está esperando. ¿Servirá de algo poner el seguro?

- No va a servir. Podré pasar cuando yo quiera.

No me importa. Me giro y pongo el seguro tan rápido como mis dedos entumecidos me permiten. Me separo poco a poco de la puerta.

- Niña estúpida.

Comienzan a tocar la puerta, la intentan echar abajo. ¡No! No puedo ver eso otra vez, ¡no! Tapo mis oídos y grito aterrorizada.

- ¡DÉJAME EN PAZ!

Lloro desconsolada y no encuentro otra salida. No hay nada que pueda librarme de aquello. Miro a mi alrededor pensando en escapar.

Mi mirada ve entonces la cuchilla que uso para depilarme las piernas. Claro. Ahora lo comprendo. Ella lo tenía todo preparado para que terminase aquí. Sabía lo que pasaría y lo ha hecho pero ya no tengo fuerzas para decirle que no.

Lentamente me acerco hasta la bañera. Me inclino sobre ella y tomo la cuchilla entre mis manos.
Es la hora de entregarse a la vida que realmente debo vivir, una vida que no es en este mundo pues a él no pertenezco.

Las lágrimas caen sobre mis manos y me fallan las piernas, tanto que me caigo al suelo mientras contemplo la herramienta que me llevará al final.

Estiro uno de mis brazos y cierro los ojos para no ver mi piel abrirse al paso del frío metal. Duele y escuece pero puede que sea una muerte dulce al fin y al cabo.

Adiós a todo lo que conocí, por suerte no estaré viva para escuchar como os reís de mi propia muerte. 

Capítulo 10


Cierro la puerta detrás de mí. Sabía que ese momento llegaría pero ahora que lo estoy viviendo me resulta más doloroso de lo que imaginaba.

Mi mirada está fija en mis pies. Lucho por contener las lágrimas que quieren escapar para mostrarse a la soledad de aquel lujoso pasillo mientras los cuadros se ríen de mis esperanzas frustradas y mis sentimientos pisoteados. Mi mente revive una y otra vez aquella voz que del más suave de los terciopelos se transformó en la más afilada de las dagas para clavarse en mi corazón en el instante que susurró su última frase.

Las lágrimas caen mientras aprieto mis manos para evitar un grito. Mi subconsciente ha ganado. Él me advirtió de aquella farsa que yo mismo me estaba construyendo pero no lo quise ver.

Siento todo mi cuerpo dolorido. Aquella es sin dudarlo la peor de las palizas que he sufrido a lo largo de mi vida.

Me dejo caer en la pared de enfrente de aquella habitación en la que pensaba que viviría las locuras más increíbles, las risas únicas, los momentos inolvidables pero aquel era otro que jamás podría borrar. Ella, la única con tanta fuerza como para dejarme al borde de la súplica, había jugado sus cartas aún mejor que sus amigos.

¿Qué de todo lo que había dicho era cierto? Seguramente al día siguiente estarían riéndose de mí o puede que incluso en unas horas por haber sido tan iluso de imaginar ni tan siquiera llegar a ser el amigo de una mujer que puede conseguir todo con tan solo decir su nombre.

Me deslizo por la pared hasta llegar al suelo donde abrazo mis piernas. Tarareo suavemente una nana que compuso mi madre para mí. Nunca tartamudeo cuando canto y eso me gusta pero me da vergüenza cantar. No toleraría que alguien se riese de mí por algo más.

- Escucha, pequeñín, el viento susurra tranquilo entre las olas, murmura algo indescifrable. ¿No lo entiendes? Concéntrate. Mantente atento. Cierra los ojos y escucha bien al viento. ¿Aún no lo oyes, mi dulce pequeño? Despacio murmura una nana que canta a su mar para que él se tranquilice y duerma mientras vela sus sueños como yo a los tuyos deseo velar.

Repito una y otra vez, bajo, lento esa melodía mientras me acuno suavemente. Delante, atrás, delante, atrás… Tantas veces ese movimientos me había calmado pero ahora lo único que consigue es parecer un pequeño baile que tengo conmigo mismo.

Abrazo más fuerte mis piernas hasta que siento las rodillas contra mi pecho. Gimo por el dolor. Mi pecho se abre cada vez más. Quiero gritar pero no lo hago. Siento como me desangro y la herida se hace más grande.
Recuerdo sus palabras y la herida aumenta su tamaño como si un cuchillo al rojo vivo la estuviese quemando para que así doliese con más fuerte.

Estoy bañado en lágrimas. Lo sé. A pesar de todo no quiero pararlas ni limpiarlas. Son la prueba de lo que siento por ella, de perder lo único que me queda en el mundo que me importe. Apoyo mi mano en mi pecho intentando de alguna manera volver a unir los dos costados de mi herida.

Las risas de mis compañeros aparecen a mi alrededor haciéndose eco. No están allí pero me perturban de la misma manera. Volveré a ser el estúpido del que todo el mundo puede reírse y con el que todo el mundo puede jugar hasta hartarse pues ni contesto ni tomo nunca ningún tipo de revancha.

Estoy solo. En un pasillo donde nadie me quiere pero que me parece más acogedor que mi propio hogar. Alzo mi mirada hasta la puerta que tengo en frente y suplico por tener el valor de abrirla y obligar a aquella muchacha a amarme con todas sus fuerzas como a mí me pasa.

Sus caricias comienzan a grabarse en mi piel, a quemarme. Más dolor físico al dolor emocional.
Tengo que marcharme. Ya no pinto nada allí. Apoyo mis manos en el suelo para levantarme pero es en ese momento que la puerta se abre.

Contemplo el delicado rostro desencajado de la pequeña muñeca que vive en aquel palacio. Me mira sorprendida y así permanecemos unos instantes, observándonos el uno al otro.

- ¿Qué… qué haces aquí, Daniel? –pregunta aún con la sorpresa en su tono.

No contesto. Me limito a perderme por última vez en aquel cabello brillante, en esos ojos llorosos, en su belleza exuberante.

Elle se acerca a mí y se pone muy lentamente de rodillas justo frente a las mías. Me contempla. Parece analizar qué decir o qué hacer pero puede que simplemente esté esperando mi respuesta.

- ¿Daniel?

Mi nombre deslizándose entre sus labios me gusta. Nunca nadie lo ha murmurado con tanta suavidad como ella. Parece haber afecto en ese tono pero sé que no es cierto pues hace poco me ha echado de su vida.

- No lo puedo entender –comienza-. Te pedí sin desearlo que salgas de mi vida y aquí estás. Aún permaneces aquí, al otro lado de la puerta… llorando. ¿Por qué lloras? No sé porqué pregunto. Te he hecho daño. Puede que más que los puños de cualquier persona. Las palabras pueden ser muy hirientes y es por eso que no deseo que estés cerca pues no quiero lastimarte pero… pero… aquí sigues.

- N-no-no pu-pu-e-ed-d-do ir-r-rm-m-me –susurro al fin.

- ¿Por qué?

No puedo responder tan rápido como desearía y tengo que pensar la respuesta. Ella parece entender y sin prisas alza su mano y acaricia con un pequeño roce mi cabello, apartando después mi flequillo humedecido por las lágrimas.

- M-me-e pr-r-eocup-p-pas, E-e-ll-ll-e-e –respondo.

- ¿Te preocupo?

Sus ojos parecen aún más sorprendidos que antes. Un brillo extraño se abre paso en su mirada y se le escapa un pequeño gemido de dolor. Sé que ella no está bien y solo quiero abrazarla. No me atrevo a moverme pero no tengo que hacerlo.

Elle se inclina sobre mí. Siento sus suaves manos sobre las mías mientras me pongo nervioso al tenerla tan cerca. ¿Podrá pegarme? ¿Es por eso por lo que se acerca? ¿No le es suficiente verme llorar por sus palabras?

Abre mis brazos y después apoya sus manos en mis rodillas para que así las baje. Se mueve en el suelo. Camina de rodillas hacia un lateral de mis piernas. Apoya su cuerpecito en mi pierna solamente para estar perfectamente erguida.

Observo todos y cada uno de sus movimientos. Sus cabellos se mueven con cada pequeño  desplazamiento de su cuerpo. Sus ojos están fijos en mi rostro pero no está mirando mis ojos pues su mirada no me penetra hasta robarme el alma como ha hecho siempre.

Roza despacio con la yema de su dedo índice la longitud de mi cuello. Me estremezco y mis músculos se tensan. ¿Piensa pegarme ahí? ¿Es por eso que lo acaricia?

Se acerca poco a poco mucho más a mí. Siento su aliento abrazar cada uno de los poros de mi piel. Tiemblo por su cercanía y sus suaves labios comienzan a besar mis lágrimas secándolas de esa manera. Aprieto mis manos en puños agarrando mi pantalón mientras me embriago por completo de esa increíble sensación.

Hacía demasiado tiempo que nadie me besaba. Sonrío pero con mucho miedo. Aquello es demasiado bonito para ser verdad. Lo más probable es que Elle aún permanezca en su habitación riéndose de mí mientras yo estoy fuera soñando despierto una realidad imposible.

- Lamento haberte hecho tanto daño –susurra entre esos besos devolviéndome a la objetividad.

Sus labios se acercan a los míos rozando las comisuras de mi boca. Sus dedos rodean mis orejas hasta taparlas de manera que mi rostro estaba enmarcado por sus manos.

Me mira a los ojos en lo que a mí me parece una milésima de segundo y se acerca tanto que roza nuestros labios abrazándome después tan fuerte como le permiten sus fuerzas.

Permanezco rígido. No sé como actuar. No me esperaba aquel leve beso y menos su diminuto cuerpo de nuevo apretándose al mío como si fuese su única tabla de salvación. Llevo mi mano hasta su cabello. Mis dedos exploran entre sus mechones para encontrar el lugar más confortable. Mi otra mano aprovecha la ocasión para situarse en su espalda para acercarla tanto que ni tan siquiera el aire pudiese pasar entre nosotros. 

Capítulo 9


Contemplo su rostro mientras parece descansar. Las lágrimas aún permanecen en sus mejillas pues llora en sueños y es mi corazón el que se rompe sabiendo que no puedo calmarle.

Alzo mi mano hasta uno de sus pómulos y corto el recorrido de aquellas gotas saladas reflejo de su amargura y tristeza. Suspiro al sentir como su piel reacciona ante aquel leve roce. Aún dormida su tez sabe que debe rechazarme.

Sus labios se entreabren y me quedo perdido en la belleza de aquella Venus que yace sobre su cama con un simple albornoz cubriendo su delicado cuerpo. Es una maravilla. Es la mujer perfecta y en mi mente quedarán grabadas todas las pecas que su aterciopelada piel posee.

Bajo mi mirada por todo su cuerpo mientras tirita de una manera tan sutil que parece que lo estoy soñando. Me centro en aquellas piernas de en sueño que comienzan a erizarse por el frío que comienza a tener su dueña. Apoyo mi mano abierta sobre ella y un gemido se escapa de mi garganta. Tiene una electricidad única aquella tela sedosa que tiene como piel. Mis dedos no pueden evitar abrirse sobre su gemelo disfrutando de las descargas que recorren cada célula de mi cuerpo. Ella parece relajarse y aquello me invita a seguir entregándole ese amor que llevo tanto tiempo ocultando.

Me inclino sobre su cuerpo y es entonces cuando viene a mi mente la imagen de un acosador sin escrúpulos abusando de su víctima mientras duerme.

Me separo con la respiración agitada y tapo mis oídos mientras me recrimino a mi mismo lo que estoy haciendo. Deseo tocarla con todas mis fuerzas. Quiero descubrir cada milímetro de ella hasta sabérmelo de memoria pero ella permanece inconsciente en ese mundo al que no puedo llegar, esa realidad que la ha hecho llorar durante horas.

Observo su expresión a través de mi largo flequillo que vuelve a cubrirme los ojos casi por completo. Mis gafas no ayudan a que me percate de ello puesto que descansan sobre las aletas de mi nariz.

Elle parece dormir plácidamente aunque no puedo confiar en que sus pensamientos la estén dejando tranquila durante esos momentos de supuesta serenidad. Al fin y al cabo las pesadillas existen.

Desvío mi mirada de la muñequita que respira rítmicamente para llevarla a la ventana de aquella blanca habitación.

Tamborileo con mis dedos sobre mis sienes y después me mezo de delante atrás. ¿Qué haré cuando llegue a casa? No puedo quedarme con ella a pesar de desearlo con todas mis fuerzas. No creo tampoco que a ella le agradase tenerme siempre a su lado pues para ser exactos ni tan siquiera comprendo como se agarró al clavo oxidado que se encontró tras lo sucedido con Clive. Podría haber corrido a los brazos de cualquiera de sus amigas y así se hubiese sentido mucho más segura, comprendida y cuidada.

Muerdo mi labio inferior y muevo mis manos hasta que consigo dejar de carraspear ligeramente con la garganta ahogando los grititos agudos que siempre se escapan cuando estoy más nervioso, tan nervioso como estoy ahora.

Me acerco de nuevo a Elle pensando si irme o quedarme junto a ella hasta que se despierte. Las posibilidades de su reacción son infinitas pero algunas de ellas extremadamente dolorosas para mí. Si tuviese que ver en su mirada el rechazo, el odio, el asco comprendería al fin que la mirada de bondad no existe nada más que en los sueños que te permites vivir demasiado tiempo.

No tardó mucho tiempo en abrir de nuevo los ojos y fijar su mirada en mí. No se movió. Durante unos minutos parecía una escultura cincelada por el mismísimo Miguel Ángel.

Inhala y exhala. Vuelve a inhalar y es en ese momento en el que se revuelve. Levanta su mano y la deja sobre sus párpados.

- Pensé que te habrías ido de aquí ya –murmura.

Niego como respuesta y ella sonríe pero la sonrisa no le llega a los ojos. Su semblante se torna serio de nuevo y vuelve su mirada hacia mí. Permanece callada, imagino que pensativa, durante unos momentos.

- No puedo más, Daniel –susurra.

No la comprendo. Ella suspira de una manera que hace que mi corazón se encoja del dolor. Tiene una manera de ser que consigue que me estremezca por cada sentimiento expresado por ella.

- No sé como convivir con esto –murmura- Estoy realmente asustada.

Tapa su rostro con sus manos y niega mientras sé que debe estar llorando. Me tumbo a su lado y tomo sus manos lentamente entre las mías. Ella no me mira. Mantiene sus párpados cerrados no dejando que esos ojos azules aunque sean tristes, iluminen mi vida.

- ¿Q-q-qué t-t-te p-pa-pa-s-sa, E-e-ll-lle-e? –pregunto preocupado.

Abre sus ojos de nuevo. Me mira y se acerca acurrucándose en mi pecho pero no dice ni una sola palabra más. No sé porqué. Puede que le cueste hablar de aquello que está viviendo. No comprendo lo que la pasa pero sé que no debe ser agradable si la mantiene llorando durante horas y consigue que se asuste.

De buenas a primeras cambias de la sonrisa al llanto, su cuerpo tirita, sus manos tiemblan y ella parece al borde de los gritos más desgarradores del mundo.  

- Necesito pedirte algo, Daniel –musita.

- L-lo q-q-que qui-qui-quieras –respondo.

- Vete y no vuelvas a acercarte a mí. Es por tu propio bien –dice de manera tan fría que me hiela la sangre consiguiendo que ese sueño imposible al fin llegase a su fin.