¿Por qué? ¿Qué he hecho para jugar con una
persona de esta manera? Él me preocupa, le necesito pero quizá de manera
demasiado egoísta. Quiero que se vaya pero a la vez que se quede. ¿No entiende
que no merezco a nadie a mi alrededor? ¿Debería contarle lo último que me
sucedió? No creo que sea necesario. A nadie ha de importarle y a él menos aún a
pesar de que sigue conmigo. Aquí está. Duerme, tranquilo. ¿Por qué no huyes de
mí Daniel? ¿Por qué no te vas como te he pedido? No quiero lastimarte a ti, a
ti no. Bastante sufres tú ya.
Mis lágrimas mojan
el papel. A penas puedo contenerlas. Estoy demasiado absorta en aquella voz que
consigue revolverme el estómago, que alimenta mis miedos y no me deja pensar.
- ¿Por qué
escribes? –susurra en mi oído.
No quiero
responder. No debe nadie saber que aquello ha llegado a tal extremo.
- No escribas.
Sabes de sobra que todo lo que haces es una completa basura. ¿Cuántas veces
debo decírtelo, Elle?
Chasquea la lengua
mientras sus tacones se mueven a mi alrededor hasta situarse frente a la
ventana en la que tantas veces me ha observado.
- Reconoce de una
maldita vez que tu existencia es inservible. ¿Tengo que recordártelo todo o te pongo
un nuevo ejemplo?
Alzo mi mirada
temerosa y allí están esos ojos que robarían la alegría a cualquiera que los
observase. Esta vez no son rojos sino negros. Es un azabache tan intenso que
imita a la perfección a un pozo sin fondo.
- Como no hablas me
tomaré eso como una invitación a continuar. Empecemos por el nuevo ejemplo.
Clive –ríe-. Llevo diciéndote mucho tiempo que ese chico no te conviene en
absoluto pero a pesar de que él estaba “perdidamente enamorado” –hace unas
comillas muy pronunciadas con sus dedos- te ha cambiado por otra. ¡No eres
suficiente ni para los que dicen amarte! No me extraña. Estás hueca por dentro
y por fuera. Muchas notas, muchas notas pero realmente no te valen. Dime, mi
querida Elle, ¿cuántos de esos sobresalientes has celebrado?
Permanece en
silencio observándome, matándome poco a poco con esa mirada fría que cala en lo
más hondo. Deseo huir corriendo de allí pero sé que me encontrará. Lo hace
hasta en mis sueños.
- Yo tengo la
respuesta, mudita.
Alza una de sus
depiladas cejas. Mueve su cabellera y se sienta en el alféizar de la ventana
sin quitar su penetrante mirada de mí.
- Nunca los
celebras. No te gusta sacar esas notas pero te parecen poco. ¿Sabes por qué?
Porque es poco. Porque no llegas a lo necesario porque, escúchame bien, no
vales para absolutamente nada. Ya deberías haber destacado en algo y lo único
que haces es permanecer sola todo el tiempo. Es interesante ver como todos
piensan que siempre estás ocupada con otras personas cuando hasta los recreos
te los pasas sola encerrada en la biblioteca como una vulgar rata. Te engañas a
ti misma diciéndote que es lo que quieres pero te mueres de envidia por ser
cualquiera de todos esos chicos y chicas que se ríen por todo. Te invitan a las
fiestas para que estés ahí por esa imagen de popular que tienes pero nadie
tiene ni idea de que no eres para nada popular, es simplemente una estúpida
fachada que te has creado y el mundo se ha creído. Das tantísima pena…
Las lágrimas son
como ácido recorriendo mis mejillas haciendo que me duela la piel por su
camino. Mis dedos se crispan para agarrarse a la madera del escritorio
esperando así aferrarme aún a algún lugar que pueda llamar mío pues todo lo que
físicamente soy va muriendo carcomido por ese veneno que escupe esa voz
mortuoria.
Miro de reojo a
Daniel que permanece abrazado a la almohada con su cabello revuelto y su
flequillo sobre sus ojos.
- ¿Ves? Estás sola.
Ni tan siquiera a él le importas.
Tiemblo como una
hoja de papel ante el viento y doy la razón a aquella mujer que está dispuesta
a destruirme. Siento como las yemas de mis dedos están frías y no deseo ver
nada más que aquel vacío que me está regalando.
- Eso es. Ahora lo
entiendes y me das la razón.
Devuelvo mi mirada
hacia el papel sobre el que descansa mi bolígrafo preferido. Con una mano
temblorosa vuelvo a cogerlo entre mis dedos y apoyo la punta en el blanco
folio. La tinta impregna la página con mi caligrafía estampando mis
pensamientos.
Ya no hay marcha atrás posible. ¿Por qué
permanezco tanto tiempo negando la realidad cuando es obvio que tiene razón? No
debería existir ni tan siquiera tendría que permitirme permanecer en un mundo
en el que solo estorbo.
No sirve de mucho una vida en la que nada me
llena, me entusiasma o sonrío con solo imaginarlo. La sonrisa, un acto para la
mayoría involuntario, en mi caso es todo lo contrario. Debo obligarme para
sonreír. ¿Cuántas veces debo suplicarle a mi cerebro para que me haga caso? Lo
desconozco.
Sus constantes amenazas, sus continuos
razonamientos al fin me han hecho darme cuenta de que esta vida no es vida.
Me odio. Nadie lo sabe ni a nadie le importa
pero me odio. Deseo desaparecer de la tierra en la que jamás debí haber vivido
y a pesar de eso hay personas mucho peores que yo. Necesitan cariño, atención,
me gustaría dárselo pero no tengo fuerzas ni para mí misma.
Apoyo mi frente
sobre mis manos completamente destrozada. Acabo de aceptar una verdad tan
dolorosa que puedo sentir como arrancan la piel a tiras.
- Sh… tranquila
preciosa –susurra mientras acaricia mis cabellos-. Ya sabes que todo va a pasar
si confías en mí. ¿Cuántas veces te he mentido?
Nunca. No lo ha hecho.
Es la única que jamás se ha aprovechado de mí. Ella vive mi desgracia
intentando hacerme comprender que no tengo porqué seguir soportando esa
desdicha.
Temerosa me levanto
sabiendo que al fin abrazaré mi destino. No hago ruido con la silla al separarla
del escritorio para así poder caminar hasta el lugar donde pondré punto y final
a esta historia.
Camino hasta la
cama donde la luz del amanecer roza las mejillas de Daniel. Esa alma tan pura
ha derramado lágrimas por mí por alguien que no merece ni un hola de sus
labios. Me arrodillo frente a él y aparto su flequillo de sus ojos y su frente
depositando un pequeño beso en ella.
- Serás fuerte –susurro
más que como afirmación como una manera de creérmelo yo misma.
Su frágil alma
podrá vivir en aquel horrible mundo pero yo ya no puedo permanecer allí porque
ni tan siquiera a él importo. Apoyo mi mano en su mejilla y la acaricio
observándole dormir unos minutos.
- No lo dejes para
más tarde. Cuanto antes lo hagas, antes terminará todo –me recuerda impaciente.
- No… no puedo…
Daniel –murmuro.
- ¡Haz lo que te
digo! –grita.
Giro mi cabeza
hasta encontrarme con sus ojos inyectados en sangre observándome con odio. La
luz del amanecer comienza a desaparecer. El Sol ya no está saliendo sino que
todo a mi alrededor se oscurece.
La temperatura baja
con tanta rapidez como ahora posee mi corazón al latir. Me falta el aire, pues
todo aquello es demasiado terrorífico.
- Hazme caso o será
mucho peor, niñata insufrible.
Me agarro a las
sábanas mientras unas figuras deformadas y repletas de sangre vienen a por mí.
Ojalá despertara Daniel para librarme de todo aquello pero ya no soy capaz de
verle ni de oír nada que no sea esa voz de ultratumba.
Quiero huir pero
permanezco como una estatua observando todos los miembros amputados, las
heridas sin cicatrizar de las que todavía salen chorros de sangre y en mi
interior solo siento ganas de vomitar.
Me incorporo y
comienzo a correr. No sé por dónde piso pero sí sé que chillo, grito mientras
lloro más que asustada. Necesito libertad y no la tengo.
Durante mi carrera
me topo con algo duro. Jadeo. Me duele la cabeza donde me he golpeado pero algo
metálico aún más duro me está perforando el estómago.
Dolorida bajo mis
manos hasta el objeto metálico y por su forma comprendo que es un pomo de una
de las puertas de mi casa.
Abro la puerta y
entro a la habitación que sea. Cierro la puerta a mi espalda y abro los ojos al
fin suspirando temblorosa.
Una luz tenue entra
por la ventanita del lado derecho. La habitación ocre me recibe mostrándome sus
acabados en tonos plateados pero no soy capaz de percatarme en nada. Estoy y
parece que a salvo en ese baño.
Apoyo mi espalda en
la madera de la puerta e intento pensar tranquila pero el recuerdo de lo vivido
consigue que tenga que ahogar un nuevo chillido.
- Daniel –jadeo levemente.
Él aún está fuera y
puede que ella le esté haciendo daño. Quiero cuidarle pero no me atrevo. La
temo demasiado como para ni tan siquiera pensar el volver a enfrentarme a ella.
- Sé donde estás.
Es su voz. Me tenso
y abro mis labios sin aliento. Al otro lado de la puerta me está esperando.
¿Servirá de algo poner el seguro?
- No va a servir.
Podré pasar cuando yo quiera.
No me importa. Me
giro y pongo el seguro tan rápido como mis dedos entumecidos me permiten. Me
separo poco a poco de la puerta.
- Niña estúpida.
Comienzan a tocar
la puerta, la intentan echar abajo. ¡No! No puedo ver eso otra vez, ¡no! Tapo
mis oídos y grito aterrorizada.
- ¡DÉJAME EN PAZ!
Lloro desconsolada
y no encuentro otra salida. No hay nada que pueda librarme de aquello. Miro a
mi alrededor pensando en escapar.
Mi mirada ve
entonces la cuchilla que uso para depilarme las piernas. Claro. Ahora lo
comprendo. Ella lo tenía todo preparado para que terminase aquí. Sabía lo que
pasaría y lo ha hecho pero ya no tengo fuerzas para decirle que no.
Lentamente me
acerco hasta la bañera. Me inclino sobre ella y tomo la cuchilla entre mis
manos.
Es la hora de
entregarse a la vida que realmente debo vivir, una vida que no es en este mundo
pues a él no pertenezco.
Las lágrimas caen
sobre mis manos y me fallan las piernas, tanto que me caigo al suelo mientras
contemplo la herramienta que me llevará al final.
Estiro uno de mis
brazos y cierro los ojos para no ver mi piel abrirse al paso del frío metal. Duele
y escuece pero puede que sea una muerte dulce al fin y al cabo.
Adiós a todo lo que
conocí, por suerte no estaré viva para escuchar como os reís de mi propia
muerte.
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