sábado, 6 de octubre de 2012

Capítulo 11


¿Por qué? ¿Qué he hecho para jugar con una persona de esta manera? Él me preocupa, le necesito pero quizá de manera demasiado egoísta. Quiero que se vaya pero a la vez que se quede. ¿No entiende que no merezco a nadie a mi alrededor? ¿Debería contarle lo último que me sucedió? No creo que sea necesario. A nadie ha de importarle y a él menos aún a pesar de que sigue conmigo. Aquí está. Duerme, tranquilo. ¿Por qué no huyes de mí Daniel? ¿Por qué no te vas como te he pedido? No quiero lastimarte a ti, a ti no. Bastante sufres tú ya.

Mis lágrimas mojan el papel. A penas puedo contenerlas. Estoy demasiado absorta en aquella voz que consigue revolverme el estómago, que alimenta mis miedos y no me deja pensar.

- ¿Por qué escribes? –susurra en mi oído.

No quiero responder. No debe nadie saber que aquello ha llegado a tal extremo.

- No escribas. Sabes de sobra que todo lo que haces es una completa basura. ¿Cuántas veces debo decírtelo, Elle?

Chasquea la lengua mientras sus tacones se mueven a mi alrededor hasta situarse frente a la ventana en la que tantas veces me ha observado.

- Reconoce de una maldita vez que tu existencia es inservible. ¿Tengo que recordártelo todo o te pongo un nuevo ejemplo?

Alzo mi mirada temerosa y allí están esos ojos que robarían la alegría a cualquiera que los observase. Esta vez no son rojos sino negros. Es un azabache tan intenso que imita a la perfección a un pozo sin fondo.

- Como no hablas me tomaré eso como una invitación a continuar. Empecemos por el nuevo ejemplo. Clive –ríe-. Llevo diciéndote mucho tiempo que ese chico no te conviene en absoluto pero a pesar de que él estaba “perdidamente enamorado” –hace unas comillas muy pronunciadas con sus dedos- te ha cambiado por otra. ¡No eres suficiente ni para los que dicen amarte! No me extraña. Estás hueca por dentro y por fuera. Muchas notas, muchas notas pero realmente no te valen. Dime, mi querida Elle, ¿cuántos de esos sobresalientes has celebrado?

Permanece en silencio observándome, matándome poco a poco con esa mirada fría que cala en lo más hondo. Deseo huir corriendo de allí pero sé que me encontrará. Lo hace hasta en mis sueños.

- Yo tengo la respuesta, mudita.

Alza una de sus depiladas cejas. Mueve su cabellera y se sienta en el alféizar de la ventana sin quitar su penetrante mirada de mí.

- Nunca los celebras. No te gusta sacar esas notas pero te parecen poco. ¿Sabes por qué? Porque es poco. Porque no llegas a lo necesario porque, escúchame bien, no vales para absolutamente nada. Ya deberías haber destacado en algo y lo único que haces es permanecer sola todo el tiempo. Es interesante ver como todos piensan que siempre estás ocupada con otras personas cuando hasta los recreos te los pasas sola encerrada en la biblioteca como una vulgar rata. Te engañas a ti misma diciéndote que es lo que quieres pero te mueres de envidia por ser cualquiera de todos esos chicos y chicas que se ríen por todo. Te invitan a las fiestas para que estés ahí por esa imagen de popular que tienes pero nadie tiene ni idea de que no eres para nada popular, es simplemente una estúpida fachada que te has creado y el mundo se ha creído. Das tantísima pena…

Las lágrimas son como ácido recorriendo mis mejillas haciendo que me duela la piel por su camino. Mis dedos se crispan para agarrarse a la madera del escritorio esperando así aferrarme aún a algún lugar que pueda llamar mío pues todo lo que físicamente soy va muriendo carcomido por ese veneno que escupe esa voz mortuoria.

Miro de reojo a Daniel que permanece abrazado a la almohada con su cabello revuelto y su flequillo sobre sus ojos.

- ¿Ves? Estás sola. Ni tan siquiera a él le importas.

Tiemblo como una hoja de papel ante el viento y doy la razón a aquella mujer que está dispuesta a destruirme. Siento como las yemas de mis dedos están frías y no deseo ver nada más que aquel vacío que me está regalando.

- Eso es. Ahora lo entiendes y me das la razón.

Devuelvo mi mirada hacia el papel sobre el que descansa mi bolígrafo preferido. Con una mano temblorosa vuelvo a cogerlo entre mis dedos y apoyo la punta en el blanco folio. La tinta impregna la página con mi caligrafía estampando mis pensamientos.

Ya no hay marcha atrás posible. ¿Por qué permanezco tanto tiempo negando la realidad cuando es obvio que tiene razón? No debería existir ni tan siquiera tendría que permitirme permanecer en un mundo en el que solo estorbo.

No sirve de mucho una vida en la que nada me llena, me entusiasma o sonrío con solo imaginarlo. La sonrisa, un acto para la mayoría involuntario, en mi caso es todo lo contrario. Debo obligarme para sonreír. ¿Cuántas veces debo suplicarle a mi cerebro para que me haga caso? Lo desconozco.
Sus constantes amenazas, sus continuos razonamientos al fin me han hecho darme cuenta de que esta vida no es vida.

Me odio. Nadie lo sabe ni a nadie le importa pero me odio. Deseo desaparecer de la tierra en la que jamás debí haber vivido y a pesar de eso hay personas mucho peores que yo. Necesitan cariño, atención, me gustaría dárselo pero no tengo fuerzas ni para mí misma.

Apoyo mi frente sobre mis manos completamente destrozada. Acabo de aceptar una verdad tan dolorosa que puedo sentir como arrancan la piel a tiras.

- Sh… tranquila preciosa –susurra mientras acaricia mis cabellos-. Ya sabes que todo va a pasar si confías en mí. ¿Cuántas veces te he mentido?

Nunca. No lo ha hecho. Es la única que jamás se ha aprovechado de mí. Ella vive mi desgracia intentando hacerme comprender que no tengo porqué seguir soportando esa desdicha.

Temerosa me levanto sabiendo que al fin abrazaré mi destino. No hago ruido con la silla al separarla del escritorio para así poder caminar hasta el lugar donde pondré punto y final a esta historia.

Camino hasta la cama donde la luz del amanecer roza las mejillas de Daniel. Esa alma tan pura ha derramado lágrimas por mí por alguien que no merece ni un hola de sus labios. Me arrodillo frente a él y aparto su flequillo de sus ojos y su frente depositando un pequeño beso en ella.

- Serás fuerte –susurro más que como afirmación como una manera de creérmelo yo misma.

Su frágil alma podrá vivir en aquel horrible mundo pero yo ya no puedo permanecer allí porque ni tan siquiera a él importo. Apoyo mi mano en su mejilla y la acaricio observándole dormir unos minutos.

- No lo dejes para más tarde. Cuanto antes lo hagas, antes terminará todo –me recuerda impaciente.

- No… no puedo… Daniel –murmuro.

- ¡Haz lo que te digo! –grita.

Giro mi cabeza hasta encontrarme con sus ojos inyectados en sangre observándome con odio. La luz del amanecer comienza a desaparecer. El Sol ya no está saliendo sino que todo a mi alrededor se oscurece.
La temperatura baja con tanta rapidez como ahora posee mi corazón al latir. Me falta el aire, pues todo aquello es demasiado terrorífico.

- Hazme caso o será mucho peor, niñata insufrible.

Me agarro a las sábanas mientras unas figuras deformadas y repletas de sangre vienen a por mí. Ojalá despertara Daniel para librarme de todo aquello pero ya no soy capaz de verle ni de oír nada que no sea esa voz de ultratumba.

Quiero huir pero permanezco como una estatua observando todos los miembros amputados, las heridas sin cicatrizar de las que todavía salen chorros de sangre y en mi interior solo siento ganas de vomitar.

Me incorporo y comienzo a correr. No sé por dónde piso pero sí sé que chillo, grito mientras lloro más que asustada. Necesito libertad y no la tengo.

Durante mi carrera me topo con algo duro. Jadeo. Me duele la cabeza donde me he golpeado pero algo metálico aún más duro me está perforando el estómago.

Dolorida bajo mis manos hasta el objeto metálico y por su forma comprendo que es un pomo de una de las puertas de mi casa.

Abro la puerta y entro a la habitación que sea. Cierro la puerta a mi espalda y abro los ojos al fin suspirando temblorosa.

Una luz tenue entra por la ventanita del lado derecho. La habitación ocre me recibe mostrándome sus acabados en tonos plateados pero no soy capaz de percatarme en nada. Estoy y parece que a salvo en ese baño.

Apoyo mi espalda en la madera de la puerta e intento pensar tranquila pero el recuerdo de lo vivido consigue que tenga que ahogar un nuevo chillido.

- Daniel –jadeo levemente.

Él aún está fuera y puede que ella le esté haciendo daño. Quiero cuidarle pero no me atrevo. La temo demasiado como para ni tan siquiera pensar el volver a enfrentarme a ella.

- Sé donde estás.

Es su voz. Me tenso y abro mis labios sin aliento. Al otro lado de la puerta me está esperando. ¿Servirá de algo poner el seguro?

- No va a servir. Podré pasar cuando yo quiera.

No me importa. Me giro y pongo el seguro tan rápido como mis dedos entumecidos me permiten. Me separo poco a poco de la puerta.

- Niña estúpida.

Comienzan a tocar la puerta, la intentan echar abajo. ¡No! No puedo ver eso otra vez, ¡no! Tapo mis oídos y grito aterrorizada.

- ¡DÉJAME EN PAZ!

Lloro desconsolada y no encuentro otra salida. No hay nada que pueda librarme de aquello. Miro a mi alrededor pensando en escapar.

Mi mirada ve entonces la cuchilla que uso para depilarme las piernas. Claro. Ahora lo comprendo. Ella lo tenía todo preparado para que terminase aquí. Sabía lo que pasaría y lo ha hecho pero ya no tengo fuerzas para decirle que no.

Lentamente me acerco hasta la bañera. Me inclino sobre ella y tomo la cuchilla entre mis manos.
Es la hora de entregarse a la vida que realmente debo vivir, una vida que no es en este mundo pues a él no pertenezco.

Las lágrimas caen sobre mis manos y me fallan las piernas, tanto que me caigo al suelo mientras contemplo la herramienta que me llevará al final.

Estiro uno de mis brazos y cierro los ojos para no ver mi piel abrirse al paso del frío metal. Duele y escuece pero puede que sea una muerte dulce al fin y al cabo.

Adiós a todo lo que conocí, por suerte no estaré viva para escuchar como os reís de mi propia muerte. 

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