sábado, 6 de octubre de 2012

Segunda parte (Capítulo 1)


Cierro mi cuaderno cuando suena el timbre que indica el final del curso. Ya no queda nada que hacer, no son necesarias horas de estudio. Puedo dedicarme por completo a mi nueva tarea.

Me levanto y meto mis bolígrafos en mi estuche. Introduzco el estuche en mi mochila y me la cuelgo al hombro. No me dejo nada.

La temperatura ha ascendido considerablemente en comparación a años anteriores en este país. Las corrientes cálidas del Sáhara no permanecen solamente en España sino que se desplazan a nuestro país. Algunos lo llaman calentamiento global. Yo simplemente lo nombro calor sofocante. Suelo ser bastante sencillo a la hora de ponerle nombre a lo que me rodea.

Agarro con fuerza el tirante de mi mochila mientras rememoro aquel horrible mes en el que toda la vida tal y como la conocíamos cambió.

Miro de un lado al otro tras los cristales de mis gafas. Clive y sus amigos aún no han salido del gimnasio. Puede que esta vez me libre de la paliza diaria. Solamente el recuerdo de sus puños hundiéndose en mis músculos hace que tenga náuseas.

Se me escapa un jadeo aterrorizado y corro hasta la salida tropezándome con mis propios pies. De vez en cuando miro hacia atrás deseando que aquella enorme puerta no se abra hasta que no esté tan lejos que no entre en su campo de visión.

Me voy chocando con mochilas, escucho como me gritan pero sé que será el último día que vea esas horribles caras, que oiga sus desprecios pues el instituto ha terminado y comienza otra nueva  etapa, la universidad.

Doblo la esquina y sonrío suspirando aliviado. Ya no podrán encontrarme. No podrán hacerme daño porque desconocen a donde voy y tras las vacaciones espero no ser la presa de ningún abusón hambriento.

Me coloco las gafas en su lugar mientras vuelvo a caminar a un paso decidido pero no cansino. Mi respiración poco a poco vuelve a la normalidad. Tengo que tener fuerzas para enfrentarme a la nueva tarea. No sé cómo será la escena hoy. Puede que esté hasta yo aterrorizado pero parecía haber mejorado los últimos días.

Deslizo mi mochila hasta mi pecho y corro la cremallera del bolsillo pequeño hasta que puedo meter mi mano en él. Busco las llaves y me quedo frente a una puerta. La casa está en un barrio completamente desierto. Es el peor barrio de la ciudad pero dentro de aquella casa quizá esté lo más valioso que jamás haya existido.

Puede que a nadie le guste pero es el único hogar que me he podido permitir con el dinero que me pasa Christine. Ella continúa siendo mi madre pero su divorció de su esposo Gilbert encontrando a un hombre mucho mejor en poco tiempo. Cambió de ciudad pero yo no podía irme, tenía que quedarme aquí para poder poner fin a la gran agonía que azotaba mi vida.

Meto la llave en la cerradura de mi hogar y entro en él. Está todo tal y como lo dejé. Parece que no ha pasado nada malo. Sonrío un poco aliviado mientras camino con precaución hacia la habitación.

Allí yace. Su delicada anatomía formando curvas imposibles sobre unas sábanas viejas y gastadas. Sus pequeños piececitos están juntos.

Jamás podría cansarme de contemplarla mientras duerme. Me acerco a la cama y dejo en el suelo mi mochila junto a mi carpeta. Con cuidado deslizo mis dedos por su cabello hasta apartarlo de su rostro. Lleva tanto tiempo dormida que no puedo evitar preocuparme. Apoyo mi dedo índice y mi corazón sobre su cuello para comprobar que tiene pulso.

Está bien. Al menos está durmiendo pero viva. Mi Elle. Me dio un susto tremendo aquel fatídico día mientras que yo descansaba. Un chillido me despertó y entre gritos supe que la estaba perdiendo.

Cuando fui capaz de abrir la puerta la sangre recorría sin problemas el suelo. Sus muñecas cortadas y ella estaba a punto de morir. ¿Por qué hizo eso?

Muevo mi cabeza para quitar ese recuerdo de mi mente. Ahora está allí. Eso es lo único que importa. Esa dulce muñeca no puede desaparecer de la faz de la tierra, aún le queda demasiada vida.

Se revuelve y abre ligeramente sus ojos. Sonrío y contemplo la dulzura de su mirada. Alza una mano y roza mi mejilla.

- Hola, Daniel –murmura con su voz un poco rasposa.

- Ho-o-ola, E-e-ll-ll-e –respondo.

Disfruto como un niño pequeño de su delicado tacto. Me encanta cuando me dedica un momento de afecto. Ahora es ella. Una deliciosa y tierna princesa encarcelada por un monstruo malvado.

Me acerco a ella. Elle coge mi cara entre sus manos y junta nuestras frentes. Está serena como un bebé que se ha curado de su mal. Ronronea como un gatito mientras acaricia mi nariz con la suya. ¿Cómo puede sufrir tanto un alma tan pura?

- Y-ya n-n-no t-t-teng-g-o que ir a cl-clas-se –anuncio con una enorme sonrisa en mi rostro.

- ¿Ahora eres todo para mí? –pregunta mientras las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba.

- S-s-sí –respondo inmensamente feliz.

Parece gustarle la idea. Verla relajada me gusta. Ojalá estuviese siempre así. Ella es realmente como ahora la estoy observando y si alguien pudiese verla entendería el inmenso amor que crece en mi interior por esa dulce niñita tan vulnerable.

Las yemas de mis dedos, caprichosas, rozan la piel de su cuello de cisne. Se eriza pero no la esquiva, al contrario, le gusta y no dice nada. Permanece quita para que pueda seguir recorriendo esa parte de su anatomía con mis torpes caricias.

Suspira y deja un dulce beso en la punta de mi nariz para después separarse de mí. Me sonríe y besa mi mejilla antes de girarse. Apoya su peso en su codo para después levantarse de la cama.

La contemplo boquiabierto mientras se despereza. Camina hasta el baño y se mete en él. Sé que va a ducharse pero igual no me quedo tranquilo. La última vez que desapareció tras una puerta estuve a punto de perderla.

Estiro las sábanas de la cama y la hago. Pongo los cojines encima de la colcha. Después camino hasta el escritorio y sonrío al ver que está lleno de los folios en los que suele escribir Elle. Su caligrafía ha cambiado después de aquel día.

Suspiro y observo los relieves del folio. Ha estado llorando. Siempre que escribe se emociona para bien o para mal pero derrama tantas lágrimas que me parte el alma. Ella se merece ser protegida de todo pero no soy lo suficientemente fuerte como para evitar que ella misma se lastime.

Me dejo caer en la silla mientras observo la ventana que hay haciendo las veces de pared en ese lado de la sala. Aún escribe sobre esos momentos, sobre sus pensamientos para que yo los lea y pueda entenderla.
Es difícil saber lo que su mente puede llegar a procesar en un solo minuto pero lo peor no es eso sino la cantidad de maneras negativas que hay de ver una misma situación. Ella es única descubriendo maneras de hacerse daño con cualquier pequeña cosa: una palabra, un gesto, una risa que ha escuchado a lo lejos… Todo parece tener que ver con ella para herirla. No es capaz de procesar que el resto del mundo no la odia.
Suspiro triste y recojo todos esos folios para meterlos en una de sus carpetas ordenándolos de la manera más precisa de la que soy capaz.

Tras ello saco mi bloc de dibujo y sonrío al ver mis bocetos de su dulce figura en innumerables ocasiones. Jamás ha visto mi musa esos trazos. Sé que algún día cuando tenga valor le diré todo lo que siento por ella como para desear observar cada segundo su resplandeciente forma.

Tomo mi lapicero y me dispongo a terminar la última de mis obras. 

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