Cierro la puerta
detrás de mí. Sabía que ese momento llegaría pero ahora que lo estoy viviendo
me resulta más doloroso de lo que imaginaba.
Mi mirada está fija
en mis pies. Lucho por contener las lágrimas que quieren escapar para mostrarse
a la soledad de aquel lujoso pasillo mientras los cuadros se ríen de mis
esperanzas frustradas y mis sentimientos pisoteados. Mi mente revive una y otra
vez aquella voz que del más suave de los terciopelos se transformó en la más
afilada de las dagas para clavarse en mi corazón en el instante que susurró su
última frase.
Las lágrimas caen mientras
aprieto mis manos para evitar un grito. Mi subconsciente ha ganado. Él me
advirtió de aquella farsa que yo mismo me estaba construyendo pero no lo quise
ver.
Siento todo mi
cuerpo dolorido. Aquella es sin dudarlo la peor de las palizas que he sufrido a
lo largo de mi vida.
Me dejo caer en la
pared de enfrente de aquella habitación en la que pensaba que viviría las
locuras más increíbles, las risas únicas, los momentos inolvidables pero aquel
era otro que jamás podría borrar. Ella, la única con tanta fuerza como para
dejarme al borde de la súplica, había jugado sus cartas aún mejor que sus
amigos.
¿Qué de todo lo que
había dicho era cierto? Seguramente al día siguiente estarían riéndose de mí o
puede que incluso en unas horas por haber sido tan iluso de imaginar ni tan
siquiera llegar a ser el amigo de una mujer que puede conseguir todo con tan
solo decir su nombre.
Me deslizo por la
pared hasta llegar al suelo donde abrazo mis piernas. Tarareo suavemente una
nana que compuso mi madre para mí. Nunca tartamudeo cuando canto y eso me gusta
pero me da vergüenza cantar. No toleraría que alguien se riese de mí por algo
más.
- Escucha,
pequeñín, el viento susurra tranquilo entre las olas, murmura algo
indescifrable. ¿No lo entiendes? Concéntrate. Mantente atento. Cierra los ojos
y escucha bien al viento. ¿Aún no lo oyes, mi dulce pequeño? Despacio murmura
una nana que canta a su mar para que él se tranquilice y duerma mientras vela
sus sueños como yo a los tuyos deseo velar.
Repito una y otra
vez, bajo, lento esa melodía mientras me acuno suavemente. Delante, atrás,
delante, atrás… Tantas veces ese movimientos me había calmado pero ahora lo
único que consigue es parecer un pequeño baile que tengo conmigo mismo.
Abrazo más fuerte
mis piernas hasta que siento las rodillas contra mi pecho. Gimo por el dolor.
Mi pecho se abre cada vez más. Quiero gritar pero no lo hago. Siento como me
desangro y la herida se hace más grande.
Recuerdo sus
palabras y la herida aumenta su tamaño como si un cuchillo al rojo vivo la
estuviese quemando para que así doliese con más fuerte.
Estoy bañado en
lágrimas. Lo sé. A pesar de todo no quiero pararlas ni limpiarlas. Son la
prueba de lo que siento por ella, de perder lo único que me queda en el mundo
que me importe. Apoyo mi mano en mi pecho intentando de alguna manera volver a
unir los dos costados de mi herida.
Las risas de mis
compañeros aparecen a mi alrededor haciéndose eco. No están allí pero me
perturban de la misma manera. Volveré a ser el estúpido del que todo el mundo
puede reírse y con el que todo el mundo puede jugar hasta hartarse pues ni
contesto ni tomo nunca ningún tipo de revancha.
Estoy solo. En un
pasillo donde nadie me quiere pero que me parece más acogedor que mi propio
hogar. Alzo mi mirada hasta la puerta que tengo en frente y suplico por tener
el valor de abrirla y obligar a aquella muchacha a amarme con todas sus fuerzas
como a mí me pasa.
Sus caricias
comienzan a grabarse en mi piel, a quemarme. Más dolor físico al dolor
emocional.
Tengo que
marcharme. Ya no pinto nada allí. Apoyo mis manos en el suelo para levantarme
pero es en ese momento que la puerta se abre.
Contemplo el
delicado rostro desencajado de la pequeña muñeca que vive en aquel palacio. Me
mira sorprendida y así permanecemos unos instantes, observándonos el uno al
otro.
- ¿Qué… qué haces
aquí, Daniel? –pregunta aún con la sorpresa en su tono.
No contesto. Me
limito a perderme por última vez en aquel cabello brillante, en esos ojos
llorosos, en su belleza exuberante.
Elle se acerca a mí
y se pone muy lentamente de rodillas justo frente a las mías. Me contempla.
Parece analizar qué decir o qué hacer pero puede que simplemente esté esperando
mi respuesta.
- ¿Daniel?
Mi nombre
deslizándose entre sus labios me gusta. Nunca nadie lo ha murmurado con tanta
suavidad como ella. Parece haber afecto en ese tono pero sé que no es cierto
pues hace poco me ha echado de su vida.
- No lo puedo
entender –comienza-. Te pedí sin desearlo que salgas de mi vida y aquí estás.
Aún permaneces aquí, al otro lado de la puerta… llorando. ¿Por qué lloras? No
sé porqué pregunto. Te he hecho daño. Puede que más que los puños de cualquier
persona. Las palabras pueden ser muy hirientes y es por eso que no deseo que
estés cerca pues no quiero lastimarte pero… pero… aquí sigues.
- N-no-no
pu-pu-e-ed-d-do ir-r-rm-m-me –susurro al fin.
- ¿Por qué?
No puedo responder
tan rápido como desearía y tengo que pensar la respuesta. Ella parece entender
y sin prisas alza su mano y acaricia con un pequeño roce mi cabello, apartando
después mi flequillo humedecido por las lágrimas.
- M-me-e
pr-r-eocup-p-pas, E-e-ll-ll-e-e –respondo.
- ¿Te preocupo?
Sus ojos parecen
aún más sorprendidos que antes. Un brillo extraño se abre paso en su mirada y
se le escapa un pequeño gemido de dolor. Sé que ella no está bien y solo quiero
abrazarla. No me atrevo a moverme pero no tengo que hacerlo.
Elle se inclina
sobre mí. Siento sus suaves manos sobre las mías mientras me pongo nervioso al
tenerla tan cerca. ¿Podrá pegarme? ¿Es por eso por lo que se acerca? ¿No le es
suficiente verme llorar por sus palabras?
Abre mis brazos y
después apoya sus manos en mis rodillas para que así las baje. Se mueve en el
suelo. Camina de rodillas hacia un lateral de mis piernas. Apoya su cuerpecito
en mi pierna solamente para estar perfectamente erguida.
Observo todos y
cada uno de sus movimientos. Sus cabellos se mueven con cada pequeño desplazamiento de su cuerpo. Sus ojos están
fijos en mi rostro pero no está mirando mis ojos pues su mirada no me penetra
hasta robarme el alma como ha hecho siempre.
Roza despacio con
la yema de su dedo índice la longitud de mi cuello. Me estremezco y mis
músculos se tensan. ¿Piensa pegarme ahí? ¿Es por eso que lo acaricia?
Se acerca poco a
poco mucho más a mí. Siento su aliento abrazar cada uno de los poros de mi
piel. Tiemblo por su cercanía y sus suaves labios comienzan a besar mis
lágrimas secándolas de esa manera. Aprieto mis manos en puños agarrando mi
pantalón mientras me embriago por completo de esa increíble sensación.
Hacía demasiado
tiempo que nadie me besaba. Sonrío pero con mucho miedo. Aquello es demasiado
bonito para ser verdad. Lo más probable es que Elle aún permanezca en su
habitación riéndose de mí mientras yo estoy fuera soñando despierto una
realidad imposible.
- Lamento haberte
hecho tanto daño –susurra entre esos besos devolviéndome a la objetividad.
Sus labios se
acercan a los míos rozando las comisuras de mi boca. Sus dedos rodean mis
orejas hasta taparlas de manera que mi rostro estaba enmarcado por sus manos.
Me mira a los ojos
en lo que a mí me parece una milésima de segundo y se acerca tanto que roza
nuestros labios abrazándome después tan fuerte como le permiten sus fuerzas.
Permanezco rígido.
No sé como actuar. No me esperaba aquel leve beso y menos su diminuto cuerpo de
nuevo apretándose al mío como si fuese su única tabla de salvación. Llevo mi
mano hasta su cabello. Mis dedos exploran entre sus mechones para encontrar el
lugar más confortable. Mi otra mano aprovecha la ocasión para situarse en su
espalda para acercarla tanto que ni tan siquiera el aire pudiese pasar entre
nosotros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario