Terminadas mis tareas tengo tiempo para pensar. En
ocasiones pienso en mis familiares pero sobre todo pienso en ella. Me gusta
recordar el primer día que la ví.
Su melena rubia se movía grácilmente mientras yo
permanecía embobado con la boca abierta observando aquel bello ángel acercarse
poco a poco hasta mi posición. Era el primer día de instituto en mi nueva
ciudad. Puede que nada fuese agradable pero ella era la rosa entre las espinas.
Sus delirantes y profundos ojos azules siempre brillando, irradiando felicidad
y dicha. Perfecta. Esa fue la palabra que cruzó mi mente y aún la cruza cada
vez que la veo.
Nunca he tenido el suficiente valor para acercarme más
pasos de los necesarios pero tuve la suerte que el curso pasado el profesor nos
pusiese juntos durante una hora de matemáticas. De esa manera pude inhalar cual
acosador su aroma y guardarlo para siempre en mi memoria pues sabía que no
volvería a tener otra oportunidad de estar tan cerca de ese ángel.
- Elle -susurro a la habitación.
Sonrío no puedo evitarlo. Ella me hace sonreír, solamente
su recuerdo es igual que una bocanada de aire fresco para mí pero sé que ella
jamás querría tener a alguien como yo a su lado. Tiene novio. Clive tiene la
suerte de poder rodear su cuerpecito perfecto con sus brazos toscos y cuando
veo como se besan.
Tapo mi rostro y comienzo a mecerme. No, no pienses eso
no. Duele. Duele mi corazón. Elle entró en él pero ni tan siquiera recuerda que
existo. Me hace daño que ame a Clive, que le bese a él y no a mí. Me sonrojo.
¿Cómo puedo pensar en que Elle me bese? Río suavemente nervioso y rebusco entre
mis cuadernos.
Abro el bloc de dibujo, el que no llevo a clase, y busco
el boceto que aún tengo sin terminar. Ahí está ella. No necesito foto ni
modelo, trazo las formas desde mis recuerdos y ella está tan fija en mi
mente... Podría poner nombre a cada uno de los lunares de su cuerpo si quisiese.
Me coloco las gafas y cierro el bloc. ¿Podré algún día
estar satisfecho con esos dibujos? No me gusta. Elle en blanco y negro no tiene
vida pero yo no tengo dinero para comprarme más lapiceros de colores.
- Solamente una caja todo el curso, Daniel -repito en voz
alta las palabras que siempre me dice el señor Sullivan.
Gilbert Sullivan, mi padre de acogida. Me tiene tantísimo
asco como a su propia esposa. Se pasa todo el día bebiendo bien sea fuera de la
casa o dentro. No le importa quien esté y le es igual si se rompe algo de
importancia en la casa, el alcohol nunca ha de faltar. Un ex militar fracasado
que tuvo que desertar como cobarde fingiendo una lesión inexistente que no le
permitía continuar en el ejército.
Una vez que estuvo lejos de los cañones de las armas, se
enamoró, pero con tan mala suerte que la mujer que había tocado su corazón
estaba prometida y a las semanas se casó con su pretendiente.
Desposó a su esposa, la hermana menor de su amada, váyase
usted a saber porqué razón pero aún vive torturado en el recuerdo de ese amor
que no pudo ser.
Christine Sullivan, su esposa. Un espíritu libre que
permanece encerrada. No levanta la voz a su esposo y le obedece en todo. Ella
realmente está enamorada de Gilbert, a pesar de saber que su esposo no la amará
nunca. Vive sumergida en la tristeza de no ser correspondida y que sus besos se
los lleven las boquillas de las botellas de alcohol.
Christine no es del todo mala conmigo. Cuando necesito
algo, es ella la que me da más dinero para que pueda comprarlo sin perder
dinero de los almuerzos del instituto. Si su marido me manda a la habitación
sin comer, media hora después sube una bandeja y me pide que no odie a Gilbert,
que me quiere pero a su manera.
Christine es buena, pero está demasiado triste. Nunca
abraza ni besa. Muchas veces la observo desde el pasillo, por la rendija de la
puerta de su habitación, cuando llora mientras lee unas cartas que Gilbert
guarda en su último cajón.
Gilbert le escribe cartas a su amada, que jamás manda y
Christine se tortura leyéndolas y maldiciéndose por no ser la
destinataria.
Niego, confuso. No me gusta pensar en la gente llorando.
Debo centrarme en otra cosa pero a mi mente viene la imagen de Gilbert,
borracho, dispuesto a pegarme nuevamente con el cinturón. Me abrazo por la
cintura y me balanceo. No me gusta como me mira cuando me pega. Hace meses que
ya no lo hace pero tan solo mi piel comprende mi dolor pues aún quedan
cicatrices de la hebilla de su cinturón. Canto, tengo que cantar para así
ahuyentar a mis pensamientos. Tapo mis oídos con mis manos.
- No, no... -repito una y otra vez.
Siento aquel cuadrado metálico clavarse en mi piel. No es
real, sé que no lo es pero duele como si estuviese sucediendo. Mis ojos se
cristalizan y los cierro mientras me muevo con mayor rapidez de delante atrás.
¿Cómo dejar de pensar cuando tu mente no quiere hacerte el más mínimo caso?
Puede que hasta mi subconsciente se haya percatado de la realidad. Me merezco
todos esos golpes. ¿Por qué? No lo sé, pero si no fuese así no tendría porqué
sufrirlos.
Tapo mi rostro con mis manos y seco mis lágrimas. No
siempre se pueden contener ante tales remordimientos. Debo superar que no soy
querido pero cuesta cuando recuerdo a mi madre. La extraño tanto y la necesito
junto a mí pero ella tenía que tener un hijo normal por eso me arrebataron de
su lado. No servía ni para que me quisieran.
Miro mis pies mientras camino hacia la biblioteca. He
terminado ya el libro que nos pidieron hace dos días que debíamos leer durante
todo el trimestre. El trabajo sobre él no me llevó mucho más tiempo
tampoco.
Por el camino pienso en la clase de obra en la que me
gustaría sumergirme esta vez. No es fácil decidirse pues cada día sacan libros
nuevos, historias emocionantes que me hacen ver la vida desde otro punto de
vista, me hacen soñar y eso me gusta. En la literatura cualquiera tiene derecho
a disfrutar de un abrazo, una caricia, una palabra dulce. Envidio a todos los
personajes literarios porque a su manera siempre han amado. Al menos los que
hasta la fecha habían caído en mis manos.
Abro la puerta del edificio estatal y saludo con la mano,
torpemente y de manera que resulta un tanto robótica, a Claire la bibliotecaria
que me devuelve el saludo con una enorme sonrisa. Sé que le caigo bien porque
le recuerdo a su hijo menor que está en otro país estudiando una carrera.
Claire es amable. Me regaña por pensar mal de mí y
también me da consejos de moda pues no visto como un chico de mi edad debería.
No puedo escoger mucho. Llevo la ropa más fea que Gilbert quiere darme pero me
siento cómodo con ella. Mis jerseis siempre me quedan grandes y mis pantalones
son siempre de las tonalidades más horribles de marrones y verdes.
Me coloco las gafas que han resbalado por mi nariz hasta
situarse cerca de la punta por haber estado con la mirada gacha y después giro
noventa grados sobre mis talones para dirigirme hasta pasillos creados por
estanterías repletas de exquisitas historias.
Alzo mi mano y me acerco demasiado a los lomos de los
libros para así poder leer bien los títulos y sus autores. Mis dedos acarician
con suavidad la piel con la que están encuadernados cada uno. Será difícil
decidirse pues todos parecen interesantes.
Camino unos pasos hacia un lado y entre los libros soy
capaz de ver a la figura más hermosa que he contemplado jamás. Elle está ahí.
Su cabellera rubia es inconfundible.
Siento como la boca se me seca rápidamente. Es tan
preciosa. Ojalá tuviese el valor suficiente para acercarme y decirle que llevo
enamorado de ella desde que la ví pero ¿cómo iba ni tan siquiera a hacerme
caso? Ella era inalcanzable. Suspiro y llevo una de mis manos a mi cabello
agarrándolo con fuerza. Me detesto tanto por no poder ser como Clive en
aquello. Elle siempre le sonríe y le mira de una forma tan diferente, tan
cargada de amor.
Suspiro e intento quedarme quieto. Ser como el crítico
que observa a la obra de arte más maravillosa. Mueve su cabeza, algo no ha
hecho bien o no le gusta pues arruga ligeramente su ceño. Una de las cosas que
más me gustan de ella son sus gestos. El más adorable de todos lo hace sin
percatarse cuando sonríe. Siempre arruga su nariz y le da un aspecto de niña
pequeña tan entrañable que derrite mi corazón.
Suspira y deja de mirar por un momento su cuaderno para
dirigir su mirada hasta la estantería que tiene frente a ella. ¡Oh, no! Yo
estoy al otro lado y se dará cuenta que la estoy mirando. Me apresuro y desvío
mi mirada comenzando a caminar hasta el otro extremo del pasillo. No quiero que
me tenga miedo.
Escucho un leve chirrido y después me centro en el título
que tengo delante de mí. Aquel libro ya lo he leído pero mi corazón acelerado
aún suspira de felicidad por haberme encontrado a la chica de mis sueños sin
tan siquiera buscarlo.
Acaricio otro nuevo lomo y lo cojo entre mis dedos. Creo
que me decidiré por aquella historia. Me gusta el título y el autor francés me
hace saber que me encantará. Es uno de mis escritores favoritos.
- Hola -susurran a mi lado.
¿No estaba solo en el pasillo? Seguramente lo había
soñado. Nadie me dirigía jamás la palabra y esta vez no sería diferente.
Suspiro profundamente, desilusionado de nuevo por ser un estorbo para todo el
que me conozca.
- ¿Daniel?
Al escuchar mi nombre me giro encontrándome con aquellos
hermosos y profundos ojos azules que siempre había soñadoo con que me
contemplasen como en ese instante. Recibo una sonrisa de su parte. Elle me está
hablando, me ha sonreído. ¡A mí!
- Ho-hola -murmuro a duras penas.
- Hola -sonríe ella más ampliamente y después cambia con
rapidez su semblante.
¿Había hecho algo malo? No lo entiendo. Se acerca con
cuidado hasta mí y alzando su pequeña manita me quita el flequillo de mis ojos.
Arruga su nariz por esa sonrisa deliciosa que vuelve a aparecer en su rostro y
sus ojos brillan de otra manera. ¿Preocupación quizá?
- ¿Cómo estás?
¿No es un sueño? ¿Elle preguntándome como estoy? Es obvio
que ahora mismo en el cielo. El ángel más hermoso me estaba dedicando unos
minutos.
- ¿Aún te duelen...?
Entonces entiendo a lo que se refiere. Los golpes que me
ha propinado su novio hace unas horas pero aún no sé cómo se ha enterado. Ella
no estaba allí. No al menos que yo recuerde. Ella había estado presente
solamente cuando se habían burlado de mí en el comedor.
- N-no -miento.
- Daniel, perdona a Clive. Es un tanto... bruto -suspira
tristemente-. No me gusta que te haya pegado y de hecho le regañé en cuanto lo
supe. No sabía dónde estabas. Sé que no es la primera vez que te pegan pero...
no me gusta que lo hagan. No entiendo porqué no pueden portarse bien contigo.
No eres malo -tuerce suavemente sus labios-. Espero que sepas perdonarle. Quizá
no se lo merece pero me ha prometido que cambiará.
Por mucho que me lo suplicase, jamás podría perdonar a
Clive. Yo nunca le había pegado y él me propinaba más palizas de las que ella
se hubiese enterado pero no era capaz de decir nada a Elle. Ya no. Sabía que no
me comprendería se pondría de parte de su novio.
Asiento y ella me sonríe de nuevo. Me susurra un último
gracias y se va moviendo ligeramente su cabellera ya que debe terminar sus
ejercicios. La observo caminar de nuevo a la mesa y es entonces cuando soy
consciente de que mis mejillas están tan encendidas que queman. Es aún más
dulce de lo que pensaba.
Ojalá fuese Clive. Ese es mi último pensamiento antes de
salir de la biblioteca con mi nueva lectura entre mis brazos.
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