domingo, 30 de septiembre de 2012

Capítulo 2


Terminadas mis tareas tengo tiempo para pensar. En ocasiones pienso en mis familiares pero sobre todo pienso en ella. Me gusta recordar el primer día que la ví. 

Su melena rubia se movía grácilmente mientras yo permanecía embobado con la boca abierta observando aquel bello ángel acercarse poco a poco hasta mi posición. Era el primer día de instituto en mi nueva ciudad. Puede que nada fuese agradable pero ella era la rosa entre las espinas. Sus delirantes y profundos ojos azules siempre brillando, irradiando felicidad y dicha. Perfecta. Esa fue la palabra que cruzó mi mente y aún la cruza cada vez que la veo. 

Nunca he tenido el suficiente valor para acercarme más pasos de los necesarios pero tuve la suerte que el curso pasado el profesor nos pusiese juntos durante una hora de matemáticas. De esa manera pude inhalar cual acosador su aroma y guardarlo para siempre en mi memoria pues sabía que no volvería a tener otra oportunidad de estar tan cerca de ese ángel. 

- Elle -susurro a la habitación. 

Sonrío no puedo evitarlo. Ella me hace sonreír, solamente su recuerdo es igual que una bocanada de aire fresco para mí pero sé que ella jamás querría tener a alguien como yo a su lado. Tiene novio. Clive tiene la suerte de poder rodear su cuerpecito perfecto con sus brazos toscos y cuando veo como se besan. 

Tapo mi rostro y comienzo a mecerme. No, no pienses eso no. Duele. Duele mi corazón. Elle entró en él pero ni tan siquiera recuerda que existo. Me hace daño que ame a Clive, que le bese a él y no a mí. Me sonrojo. ¿Cómo puedo pensar en que Elle me bese? Río suavemente nervioso y rebusco entre mis cuadernos. 

Abro el bloc de dibujo, el que no llevo a clase, y busco el boceto que aún tengo sin terminar. Ahí está ella. No necesito foto ni modelo, trazo las formas desde mis recuerdos y ella está tan fija en mi mente... Podría poner nombre a cada uno de los lunares de su cuerpo si quisiese. 

Me coloco las gafas y cierro el bloc. ¿Podré algún día estar satisfecho con esos dibujos? No me gusta. Elle en blanco y negro no tiene vida pero yo no tengo dinero para comprarme más lapiceros de colores. 

- Solamente una caja todo el curso, Daniel -repito en voz alta las palabras que siempre me dice el señor Sullivan. 

Gilbert Sullivan, mi padre de acogida. Me tiene tantísimo asco como a su propia esposa. Se pasa todo el día bebiendo bien sea fuera de la casa o dentro. No le importa quien esté y le es igual si se rompe algo de importancia en la casa, el alcohol nunca ha de faltar. Un ex militar fracasado que tuvo que desertar como cobarde fingiendo una lesión inexistente que no le permitía continuar en el ejército. 
Una vez que estuvo lejos de los cañones de las armas, se enamoró, pero con tan mala suerte que la mujer que había tocado su corazón estaba prometida y a las semanas se casó con su pretendiente. 
Desposó a su esposa, la hermana menor de su amada, váyase usted a saber porqué razón pero aún vive torturado en el recuerdo de ese amor que no pudo ser. 

Christine Sullivan, su esposa. Un espíritu libre que permanece encerrada. No levanta la voz a su esposo y le obedece en todo. Ella realmente está enamorada de Gilbert, a pesar de saber que su esposo no la amará nunca. Vive sumergida en la tristeza de no ser correspondida y que sus besos se los lleven las boquillas de las botellas de alcohol. 

Christine no es del todo mala conmigo. Cuando necesito algo, es ella la que me da más dinero para que pueda comprarlo sin perder dinero de los almuerzos del instituto. Si su marido me manda a la habitación sin comer, media hora después sube una bandeja y me pide que no odie a Gilbert, que me quiere pero a su manera. 

Christine es buena, pero está demasiado triste. Nunca abraza ni besa. Muchas veces la observo desde el pasillo, por la rendija de la puerta de su habitación, cuando llora mientras lee unas cartas que Gilbert guarda en su último cajón. 
Gilbert le escribe cartas a su amada, que jamás manda y Christine se tortura leyéndolas y maldiciéndose por no ser la destinataria. 

Niego, confuso. No me gusta pensar en la gente llorando. Debo centrarme en otra cosa pero a mi mente viene la imagen de Gilbert, borracho, dispuesto a pegarme nuevamente con el cinturón. Me abrazo por la cintura y me balanceo. No me gusta como me mira cuando me pega. Hace meses que ya no lo hace pero tan solo mi piel comprende mi dolor pues aún quedan cicatrices de la hebilla de su cinturón. Canto, tengo que cantar para así ahuyentar a mis pensamientos. Tapo mis oídos con mis manos. 

- No, no... -repito una y otra vez. 

Siento aquel cuadrado metálico clavarse en mi piel. No es real, sé que no lo es pero duele como si estuviese sucediendo. Mis ojos se cristalizan y los cierro mientras me muevo con mayor rapidez de delante atrás. ¿Cómo dejar de pensar cuando tu mente no quiere hacerte el más mínimo caso? Puede que hasta mi subconsciente se haya percatado de la realidad. Me merezco todos esos golpes. ¿Por qué? No lo sé, pero si no fuese así no tendría porqué sufrirlos. 

Tapo mi rostro con mis manos y seco mis lágrimas. No siempre se pueden contener ante tales remordimientos. Debo superar que no soy querido pero cuesta cuando recuerdo a mi madre. La extraño tanto y la necesito junto a mí pero ella tenía que tener un hijo normal por eso me arrebataron de su lado. No servía ni para que me quisieran. 




Miro mis pies mientras camino hacia la biblioteca. He terminado ya el libro que nos pidieron hace dos días que debíamos leer durante todo el trimestre. El trabajo sobre él no me llevó mucho más tiempo tampoco. 

Por el camino pienso en la clase de obra en la que me gustaría sumergirme esta vez. No es fácil decidirse pues cada día sacan libros nuevos, historias emocionantes que me hacen ver la vida desde otro punto de vista, me hacen soñar y eso me gusta. En la literatura cualquiera tiene derecho a disfrutar de un abrazo, una caricia, una palabra dulce. Envidio a todos los personajes literarios porque a su manera siempre han amado. Al menos los que hasta la fecha habían caído en mis manos. 

Abro la puerta del edificio estatal y saludo con la mano, torpemente y de manera que resulta un tanto robótica, a Claire la bibliotecaria que me devuelve el saludo con una enorme sonrisa. Sé que le caigo bien porque le recuerdo a su hijo menor que está en otro país estudiando una carrera. 

Claire es amable. Me regaña por pensar mal de mí y también me da consejos de moda pues no visto como un chico de mi edad debería. No puedo escoger mucho. Llevo la ropa más fea que Gilbert quiere darme pero me siento cómodo con ella. Mis jerseis siempre me quedan grandes y mis pantalones son siempre de las tonalidades más horribles de marrones y verdes. 

Me coloco las gafas que han resbalado por mi nariz hasta situarse cerca de la punta por haber estado con la mirada gacha y después giro noventa grados sobre mis talones para dirigirme hasta pasillos creados por estanterías repletas de exquisitas historias. 

Alzo mi mano y me acerco demasiado a los lomos de los libros para así poder leer bien los títulos y sus autores. Mis dedos acarician con suavidad la piel con la que están encuadernados cada uno. Será difícil decidirse pues todos parecen interesantes. 

Camino unos pasos hacia un lado y entre los libros soy capaz de ver a la figura más hermosa que he contemplado jamás. Elle está ahí. Su cabellera rubia es inconfundible. 

Siento como la boca se me seca rápidamente. Es tan preciosa. Ojalá tuviese el valor suficiente para acercarme y decirle que llevo enamorado de ella desde que la ví pero ¿cómo iba ni tan siquiera a hacerme caso? Ella era inalcanzable. Suspiro y llevo una de mis manos a mi cabello agarrándolo con fuerza. Me detesto tanto por no poder ser como Clive en aquello. Elle siempre le sonríe y le mira de una forma tan diferente, tan cargada de amor. 

Suspiro e intento quedarme quieto. Ser como el crítico que observa a la obra de arte más maravillosa. Mueve su cabeza, algo no ha hecho bien o no le gusta pues arruga ligeramente su ceño. Una de las cosas que más me gustan de ella son sus gestos. El más adorable de todos lo hace sin percatarse cuando sonríe. Siempre arruga su nariz y le da un aspecto de niña pequeña tan entrañable que derrite mi corazón. 

Suspira y deja de mirar por un momento su cuaderno para dirigir su mirada hasta la estantería que tiene frente a ella. ¡Oh, no! Yo estoy al otro lado y se dará cuenta que la estoy mirando. Me apresuro y desvío mi mirada comenzando a caminar hasta el otro extremo del pasillo. No quiero que me tenga miedo. 

Escucho un leve chirrido y después me centro en el título que tengo delante de mí. Aquel libro ya lo he leído pero mi corazón acelerado aún suspira de felicidad por haberme encontrado a la chica de mis sueños sin tan siquiera buscarlo. 

Acaricio otro nuevo lomo y lo cojo entre mis dedos. Creo que me decidiré por aquella historia. Me gusta el título y el autor francés me hace saber que me encantará. Es uno de mis escritores favoritos. 

- Hola -susurran a mi lado. 

¿No estaba solo en el pasillo? Seguramente lo había soñado. Nadie me dirigía jamás la palabra y esta vez no sería diferente. Suspiro profundamente, desilusionado de nuevo por ser un estorbo para todo el que me conozca. 

- ¿Daniel? 

Al escuchar mi nombre me giro encontrándome con aquellos hermosos y profundos ojos azules que siempre había soñadoo con que me contemplasen como en ese instante. Recibo una sonrisa de su parte. Elle me está hablando, me ha sonreído. ¡A mí! 

- Ho-hola -murmuro a duras penas. 

- Hola -sonríe ella más ampliamente y después cambia con rapidez su semblante. 

¿Había hecho algo malo? No lo entiendo. Se acerca con cuidado hasta mí y alzando su pequeña manita me quita el flequillo de mis ojos. Arruga su nariz por esa sonrisa deliciosa que vuelve a aparecer en su rostro y sus ojos brillan de otra manera. ¿Preocupación quizá? 

- ¿Cómo estás?

¿No es un sueño? ¿Elle preguntándome como estoy? Es obvio que ahora mismo en el cielo. El ángel más hermoso me estaba dedicando unos minutos. 

- ¿Aún te duelen...?

Entonces entiendo a lo que se refiere. Los golpes que me ha propinado su novio hace unas horas pero aún no sé cómo se ha enterado. Ella no estaba allí. No al menos que yo recuerde. Ella había estado presente solamente cuando se habían burlado de mí en el comedor. 

- N-no -miento. 

- Daniel, perdona a Clive. Es un tanto... bruto -suspira tristemente-. No me gusta que te haya pegado y de hecho le regañé en cuanto lo supe. No sabía dónde estabas. Sé que no es la primera vez que te pegan pero... no me gusta que lo hagan. No entiendo porqué no pueden portarse bien contigo. No eres malo -tuerce suavemente sus labios-. Espero que sepas perdonarle. Quizá no se lo merece pero me ha prometido que cambiará. 

Por mucho que me lo suplicase, jamás podría perdonar a Clive. Yo nunca le había pegado y él me propinaba más palizas de las que ella se hubiese enterado pero no era capaz de decir nada a Elle. Ya no. Sabía que no me comprendería se pondría de parte de su novio. 

Asiento y ella me sonríe de nuevo. Me susurra un último gracias y se va moviendo ligeramente su cabellera ya que debe terminar sus ejercicios. La observo caminar de nuevo a la mesa y es entonces cuando soy consciente de que mis mejillas están tan encendidas que queman. Es aún más dulce de lo que pensaba. 

Ojalá fuese Clive. Ese es mi último pensamiento antes de salir de la biblioteca con mi nueva lectura entre mis brazos. 

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